Deben esclarecerse las intenciones y trazarse los objetivos.
Edgar Gutiérrez
La noticia esta semana es que Guatemala busca abrir una oficina de representación comercial en China. Eso no está mal, tratándose del mercado más dinámico y esponjoso del mundo hoy día. Y considerando que los negocios, como elemento de gestión, son la prioridad de este gobierno. Desde luego, los asesores y funcionarios tendrán en su radar que Guatemala no es percibido como un socio comercial “normal” de China. Por eso deben esclarecerse las intenciones y trazarse los objetivos.
Ciertamente China despierta el apetito de cualquier gente de negocios. Aunque las oportunidades sean marginales y pobre el conocimiento del mercado, serán varios quienes incursionen, especialmente los importadores de prendas de vestir y textiles. Buenas noticias para los comerciantes, no tanto para los industriales que no se diversificaron. Los exportadores agrícolas -azúcar y café- tendrán que buscarle la cuadratura al círculo.
Por su lado, China no ve a Guatemala como mercado en sí mismo ni como centro de abastos de alimentos y minerales, sino como presa política. Guatemala es de los mayores países del orbe que reconoce a Taiwan como república y ha abogado repetidas veces, con el resto de Centroamérica, por su inclusión en la ONU. Quiero decir que la disputa de soberanía entre China y Taiwan ocupa un lugar central en las políticas exteriores de estos países aplicadas, en este caso, al istmo. No somos el caso de Brasil con su amplia oferta de minerales y su pujante industria militar; de Argentina con su vasta capacidad de producir alimentos, o Venezuela y su abundante petróleo. Con estos países se combina, además, un interés geopolítico chino dado el peso internacional que tienen.
China y Taiwan son países consistentes en el procesamiento internacional de sus objetivos nacionales, y coherentes en la selección de los instrumentos que los ejecutan. Guatemala y Centroamérica no lo han sido. Nuestros países se dejan llevar por modas y arranques ilusorios sin consistencia. Cuando eventualmente se implanta una lógica política y se confecciona el aparato que la traduce en acciones, es porque responde a un interés particular. La política exterior en estos tiempos ya no se puede llevar de esa manera, pues acarrea enormes costos de oportunidad. Estamos en una carrera, y no es opción no correr. O como en el boxeo: si no estás pegando, es porque te están golpeando.
Desde luego que un reto permanente de política exterior es traducir los intereses nacionales. Pero en lo inmediato, ante los desafíos que nos aplastan, ganaríamos coherencia y eficacia si 1) La Cancillería asume la dirección de la política y comercio exteriores, 2) Si a China, India, Rusia, Sudáfrica y regiones lejanas, las incursionamos con aparatos regionales centroamericanos y 3) Si replanteamos la relación con Taiwan, no para empobrecerla, al contrario, para enriquecerla con propuestas integrales que nos lleven a edificar alianzas estratégicas. Si nosotros estamos formando parte del mercado más grande del mundo (con un TLC que incluye por primera vez en la historia insumos fuera de la región en las reglas de origen), Taiwan, por su lado, está en la vecindad del área económica de mayor expansión en el horizonte del próximo medio siglo.
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