El verosímil e indudable relato de Caín contra Abel.
Amable Sánchez Torres
No resulta creíble el relato de la creación del mundo de la nada, en seis días, y la creación del hombre de una pella de barro (Gén. 1, 1-21 y 2, 7), pero se nos impone de una manera ineludible y aplastante el mito del asesinato de Abel por Caín. Se tratara de una pareja real o de una simple escenificación, que es lo más seguro, los hombres han matado y siguen matando tanto desde entonces que no nos queda el menor resquicio para refugiarnos en la duda. Sobre la base de la envidia, el rencor y los celos, se levanta un relato tan escueto y brutal como este: “Se enfureció Caín y andaba cabizbajo… Dijo Caín a Abel, su hermano: 'Vamos al campo'. Y cuando estuvieron en el campo, se alzó Caín contra Abel, su hermano, y lo mató” (Gén. 4, 5 y 8).
Según Mateo 27, 6-8, con las monedas de plata que Judas devolvió antes de ahorcarse, los príncipes de los sacerdotes “…compraron el Campo del Alfarero para sepultura de peregrinos. Por eso aquel campo se llamó (Hacéldama) Campo de la Sangre hasta el día de hoy” (ver también Jer. 32, 6ss y Zac. 11, 12ss). ¡Terrible! Desde que se derramó la sangre del justo Abel y se compró el Campo del Alfarero con el precio de la sangre de Cristo, el jardín del edén (Gén. 2, 8ss), entiéndase el mundo, se ha llamado Campo de la Sangre. Una sangre que aún sigue clamando a Dios desde la tierra (Gén. 4,10), aunque aquí -ahora cito a León Felipe- “la justicia vale menos / mucho menos / que el orín de los perros”. Y si la justicia en pro de la vida vale menos que el orín de los perros, solo puede ser porque la vida misma vale menos que el orín de los perros. Eso es exactamente lo que parece valer para muchos.
Ha tenido que revelarse -¿revelarse?; ¿acaso no era ya evidente?- el monopolio del poder de los delincuentes en la cárceles y desde ellas, para que las autoridades decidan por enésima vez controlar las armas, o “despistolizar”, como suele decirse en el argot periodístico. ¿De veras? ¿Cómo? ¿Por cuánto tiempo? ¿Con qué alcance? ¿Acaso piensan controlar también a los productores, vendedores y distribuidores? Las armas no se pueden controlar, porque la envidia, el odio, el rencor, el afán de dominio y el espíritu de venganza no se pueden controlar tampoco. La única forma de acabar con ellas es destruirlas, erradicarlas, raerlas de la faz de la tierra. Como se van talando los árboles, agotando los manantiales de agua, borrando los paisajes hermosos, muriendo las ilusiones de paz y concordia. Las armas desaparecerán cuando su sola presencia, su solo nombre, su solo recuerdo nos produzcan náuseas, como un vómito o como un excremento. Porque eso es lo que son. Papini dijo que el dinero es el excremento del diablo. Y las armas, ¿qué? ¿Acaso premios, medallas o condecoraciones? El fortalecimiento de las instituciones del Estado es parte de la solución, pero solo parte y no la principal. De nada servirá esto si antes no se fortalece y se redime, iluminándola, la conciencia de las autoridades y de los ciudadanos.
0 comentarios: