Las ideas se proyectan y nos proyectan hacia el absoluto.
Amable Sánchez Torres
Entre las ideas y las ideologías suele darse una situación paradójica: las ideas son abiertas por naturaleza; las ideologías, cerradas por naturaleza. Las ideas crecen de dentro hacia fuera, de una manera libre, y pasan de mente en mente, iluminando a los hombres; las ideologías también crecen de dentro hacia fuera, pero tratan de atraer las mentes hacia sí, como hacia una trampa cerrada, para sojuzgarlas y devorarlas. Las ideas son humildes, aunque sean poderosas; las ideologías suelen ser tan orgullosas que terminan siendo estúpidas. Las ideas son patrimonio de todos; las ideologías lo son únicamente de unos pocos. Entre las ideas son ellas mismas las que mandan, porque son democráticas; en las ideologías los que pretenden mandar son los ideólogos. Las ideas son inocentes; las ideologías, maliciosas y peligrosas: más peligrosas si se presentan adobadas de ciencia infusa y de dogma, ya sea en el campo religioso, en el político, en el económico, o simplemente en el de la publicidad. (Todos acaban siendo coyotes de la misma loma). Las ideas han ayudado a salvar el mundo y las ideologías a hundirlo. Las ideas nos incluyen a todos; las ideologías son exclusivas y excluyentes. Las ideas no pelean con nadie ni contra nadie; las ideologías pelean contra las ideas libres y contra otras ideologías.
Jinete de las ideas y de las ideologías, cabalga la verdad. A lomos de las ideas, la verdad se presenta desnuda; a lomos de las ideologías, la verdad se disfraza de volantes y caireles, como la mona del cuento. Lo irrisorio en este caso es que las ideologías se han olvidado del cuento, aunque pretendan seguir viviendo del cuento. Sin quererlo, las ideas se proyectan y nos proyectan hacia el absoluto. Las ideologías, en cambio, se empeñan en absolutizarse ellas mismas, con el resultado de que, cuando una ideología se absolutiza, se relativiza de manera inversamente proporcional la verdad que desde la misma pretende proclamarse o imponerse. Por eso, en la medida que una ideología avanza y se consolida, retrocede, se encoge y se debilita la verdad que supuestamente encierra. Como la semilla de algunos frutos, que después no sirve ni para volver a sembrarla. En mi pueblo decíamos que era “vana”: es decir, vacía. La nuez furacada, de la que se hablaba ya, como realidad o como imagen, en algunos textos españoles de la Edad Media.
Por el ventanuco de las ideologías –a falta de verdades sanas, sólidas y consistentes– se asoman la promesa, la amenaza, el chantaje, la demagogia, la desfachatez, la falta de respeto, el canto de sirena, la mueca en lugar del gesto, la máscara en lugar del rostro.
Las ideas, en cambio, no prometen, ni amenazan, ni chantajean… Muestran su rostro e invitan cordial y cálidamente. Las ideas podrán hacernos libres. Las ideologías solo contribuirán a esclavizarnos. ¿Estaremos todavía en disposición de elegir? No lo sé. Ni siquiera defenderé lo que acabo de escribir aquí: ¡que se defienda solo!
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