Ha sido sumamente impresionante, conmovedora y encomiable la actitud de solidaridad humana que ha motivado la dolorosa catástrofe que causó en nuestro país el huracán Stan, quizás sólo comparable a la que vivimos en ocasión del terremoto del 4 de febrero de 1976. Es loable que a los guatemaltecos nos conmueva ver el sufrimiento ajeno y nos solidarice para contribuir a aliviar la mala situación en la que se encuentran los sobrevivientes.
Desde que se supo la magnitud del desastre, numerosos guatemaltecos han venido dando muestras de sensibilidad y solidaridad con generosas contribuciones para ayudar a quienes lloran el haber perdido a algunos de sus seres queridos, su casa y sus pertenencias. Ha sido particularmente ejemplar la espontánea participación de mujeres y hombres jóvenes que han dado su colaboración en los centros de acopio de alimentos, medicinas y frazadas. También merecen reconocimiento quienes han facilitado sus helicópteros y avionetas para transportar la ayuda, así como los pilotos que los han tripulado. Asimismo, un aplauso para las estaciones de radio que, como Emisoras Unidas, en sus transmisiones cotidianas se han dedicado a hacer llamamientos para recaudar ayuda. Por el contrario, merecen mi más profundo desprecio quienes mantuvieron en los hangares sus avionetas y helicópteros y se negaron a facilitarlos.
Por otra parte, es deseable que la ayuda que generosamente se ha venido dando hasta el momento a los necesitados no vaya a ser como llamarada de tusas, sino continúe durante un poco más de tiempo para que quienes la necesiten puedan continuar recibiéndola hasta que logren la reconstrucción de sus casas y puedan valerse por sí mismos. Sería cruel que se les deje desamparados, sin ayuda, antes de que estén en condiciones de sobrevivir por sus propios medios.
Como sucede siempre en las catástrofes causadas por los fenómenos de la Naturaleza, también esta vez fueron los más pobres quienes más sufrieron las consecuencias del huracán, de las constantes lluvias, los desbordamientos de los ríos y los deslaves de las montañas que, como en Panabaj, convirtieron en cementerio las poblaciones porque todos murieron soterrados. Ha sido demasiado grande el dolor que hemos compartido cuando vimos horrorizados en los noticiarios de televisión lo que sucedía en lugares que jamás habíamos visto.
Situaciones como ésta nos permiten darnos cuenta de que la mayor tragedia nacional no son precisamente los destrozos que producen los fenómenos de la Naturaleza, sino la dolorosa situación de pobreza extrema que comparten los compatriotas indígenas. Y por eso es necesario que no sólo nos dejemos conmover por las tragedias que causan los fenómenos de la Naturaleza, sino que nos conmueva la tragedia que es la forma infrahumana en la que, desde hace tanto tiempo, viven muchos miles de infelices seres humanos, compatriotas nuestros, que no han recibido la debida atención por parte de los gobiernos que se han sucedido, ni de las diferentes organizaciones de servicio social que existen en el país, por lo cual ya es justo y necesario que se les ayude a mejorar sus condiciones de vida para que dejen de vivir en esa forma, expuestos a volver a ser víctimas de lo que ahora sufrieron.
No es el mejor momento para hacer recriminaciones –por merecidas que éstas puedan ser–, pero sería bueno que todos los que no sufrimos el infortunio de vivir en esa misma forma, nos pongamos la mano en la conciencia para comprometernos a contribuir en lo que sea necesario para que, bajo el liderazgo de gobiernos responsables, cambiemos las actitudes de solidaridad después de las tragedias por medidas de justicia social. Aprovechemos esta desafortunada oportunidad para rectificar nuestro comportamiento hacia los compatriotas que viven en la más cruel miseria.
No creo en castigos de Dios, porque me niego a creer en un Dios que pueda ser tan injusto para tener viviendo en esa miseria a seres humanos que, abandonados por los gobiernos y la sociedad, duermen en el suelo y se alimentan sólo con tortillas y frijoles mientras esperan que les llegue el día de su muerte con la esperanza en que el más allá sea menos cruel que esta vida.
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