¿Nuestro perfeccionismo nos ha edificado o ha erosionado nuestra salud?
César A. García E.
Pasamos por la vida intentando dejar huella, construyendo, formando hijos, estudiando y trabajando… eso claro, hacemos la gente de bien de la que en nuestra patria hay mucha… nos afanamos, edificamos un nombre, no damos tregua y finalmente alcanzamos llegar a donde queríamos, a veces hasta donde nunca pensamos y en ocasiones nos quedamos cerca de nuestros anhelos… las motivaciones eran muchas, la familia, el futuro y la vejez segura… de pronto empezamos a ser viejos y nos preguntamos ¿acaso realmente vivimos?, ¿necesitábamos hacer tanto esfuerzo o pudimos hacer menos con los mismos resultados?, ¿valió la pena el afán y los desvelos, las frustraciones y los pleitos?, ¿hemos vivido una vida balanceada o hemos sido enfermos del trabajo?, ¿nuestro perfeccionismo nos ha edificado o ha erosionado nuestra salud?... quién sabe, pero la paga del trabajo tesonero al menos, garantiza una vida decorosa, produce satisfacción y permite que le demos a nuestros hijos mejores oportunidades que las que nosotros tuvimos… el trabajo nos hace seres dignos; en cuanto a la vejez a veces empieza y no termina, a veces no llega y en ocasiones es larga o felizmente corta.
Pensamos estar preparados para todo, medimos todos los riesgos posibles y los cubrimos con ahorros, educación, seguros, bolsas de aire, frenos abs, concreto, alarmas, rejas y blindajes; algunos piensan que el ejercicio físico o la dieta vegetariana prolongará su vida, de esa forma estamos listos para afrontar lo adverso. Nos sentimos tranquilos y confiados con estas previsiones, porque pensamos que todo está bajo nuestro exclusivo control, asumimos que nuestro entorno permanecerá invariable, que llegaremos a viejos, que nuestra salud está asegurada y nada cambiará, nos creemos llanamente los arquitectos únicos de nuestro destino.
De pronto nos encontramos viendo desde una mesa de operaciones las luces de un quirófano, escuchando –como pasajeros- la sirena de una ambulancia, o pasmados ante lo destruido por la naturaleza que desnuda siempre nuestra condición… si nuestra condición de seres pequeños, insignificantes y dependientes del entorno, del clima… de Dios. Resulta que no éramos tan fuertes y autosuficientes como pensábamos, ni teníamos todo bajo control; la razón es simple, somos seres falibles, vulnerables, finitos e intrascendentes… entonces en medio de los momentos críticos, cuando estamos al límite, alzamos la vista al cielo y clamamos al invulnerable, eterno, infinito y trascendente… volvemos nuestra vista a aquél que nos avergonzaba mencionar, al que ignoramos, al dador de todo, al inmensamente bueno, a la fuente del amor que en esencia es la felicidad. Santiago 4:13-15: “Escúchenme, ustedes, los que dicen así: Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos buenos negocios y ganaremos mucho dinero. ¿Cómo pueden hablar así, si ni siquiera saben lo que les va a suceder mañana? Su vida es como la niebla: aparece por un poco de tiempo, y luego desaparece. Más bien deberían decir: Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. Piénselo.
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