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    Guatemala, sábado 15 de octubre de 2005

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    OPINIÓN

    El efecto invernadero y los desastres naturales

    F. Villagrán Kramer

    Cuánto es lo que hemos aprendido a fin de reducir o suprimir los graves daños.

    No solo los países situados en el Gran Caribe, incluyendo el golfo de México, sino también los centroamericanos han sufrido a lo largo de los años un rosario a cual más dramático de desastres naturales, sobresaliendo en la memoria de cada país huracanes con nombres de mujer, terremotos a cuales más devastadores, erupciones volcánicas, inundaciones y derrumbes de cerros y montañas. Cada país lleva, pues, su récord de tragedias y de penas.

    Por su lado, también los países de América del Sur, en Europa, en África, Asia y Oceanía vienen padeciendo, cada vez con mayor intensidad desastres naturales de distinta índole. En Indonesia aún se habla de la erupción del volcán Cracatoa, de la misma manera como en el futuro se seguirá recordando el tsunami que afectó a Sri Lanka y a algunas islas de Indonesia. Ni bien concluye la edición de filmes sobre esos fenómenos, cuando la televisión y la prensa internacional preparan nuevo material relacionado con la graves y extensas inundaciones en el sur de EE.UU., en China y Vietnam, en Europa Central, en Rumania y en México y Centroamérica.

    Huracanes y torrenciales lluvias en unas partes y tormentas tropicales en otras son lo que más afectan hoy a los pueblos. El comentario es general: el clima está cambiando, dicen unos; el niño o la niña son los que están cambiando, dicen otros, el planeta se calienta dicen otros más. No, es el efecto invernadero que ha comenzado a extenderse. Sea cual fuere la razón científica lo cierto es que en muchos países y lugares llueve, como se dice en Guatemala, “sobre mojado” y las inundaciones son cada vez mas frecuentes. A lo largo de muchos años se hablaba de la sequía que afectaba a países africanos y la hambruna que ello producía. Hoy las noticias internacionales acentúan las inundaciones en Alabama, Louisiana, Missisippi, Tejas, Francia, China, Rumania, México, Colombia y Centroamérica. Pareciera que no hay región del mundo libre de inundaciones, y las que lo están se han visto afectadas a lo largo de su historia por otros desastres naturales. El fenómeno amerita atención y eso es lo que la comunidad científica insiste que se haga. Por lo menos ya se habla que los niveles del mar comenzarán a subir. La preocupación no se centra, pues, solo en Venecia, sino que ha entrado en los dominios de los centros de investigación.

    Desde luego, las causas y la naturaleza de los desastres varían, incluyendo entre países vecinos. En muchos casos la historia recoge las variaciones. Por ejemplo, Antigua, Guatemala sufrió durante el período colonial no uno sino varios terremotos al grado de que el gobierno español decidió el traslado de la ciudad de Santiago de los Caballeros al Valle de la Ermita, en donde se erigió la actual Guatemala de la Asunción.

    La actual capital de la República lleva ya en su bitácora de desastres dos terremotos: uno, a fines de la segunda década del siglo pasado y otro en 1976, lo que dio lugar a que se piense que en Guatemala los terremotos son cíclicos. Los “temporales” de lluvias son no solo regionales sino también espaciados. Muchos recuerdan el “temporal” que azotó al sur y occidente del país a fines de la década de los años 50 del siglo pasado; luego el temporal que azotó no solo el nororiente de Guatemala sino también Honduras y Nicaragua, conocido como el Mitch que dejó una profunda huella en los tres países y en las personas que sufrieron sus efectos. Nuevamente, hoy Natura nos envía otro temporal. El Huracán Stan que golpea el sur de México, Guatemala, El Salvador y otras regiones de Centroamérica. Las áreas afectadas son, pues, mayores que anteriormente, lo que obliga a articular programas nacionales y regionales.

    La pregunta es, sin embargo, cuánto es lo que hemos aprendido a fin de reducir o suprimir los graves daños que, por ejemplo, causó Stan. Ciertamente las autoridades se han vuelto más precavidas y a nivel de departamentos y de municipios se han incrementado las precauciones, aun cuando, cabe decirlo, de manera insuficiente. La ayuda ya no solo es externa, también fluye internamente. Sin embargo, es a nivel de comunidades en donde se requiere más apoyo. El esfuerzo comunitario no solo es meritorio sino también es vital y quienes lo promueven no deben cejar en su empeño.

    F. Villagrán Kramer

    14 octubre 2005

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