Ah, qué chinga esta familia. El teniente Carlos García.
Arturo Monterroso
A mediados de los ochenta un oscuro teniente García encontró un cadáver en las cercanías del Centro Comercial Montserrat. No había ninguna novedad en ello, cadáveres aparecían todos los días en esos años marcados por el terror, pero éste iba a tener implicaciones personales para el militar, un guatemalteco de clase media baja cuyas limitadas ambiciones y total inconsciencia de la realidad una característica muy común, por cierto lo arrastraban por la corriente de los acontecimientos, como quien no tiene vela en un entierro del que también es responsable. Claro que el teniente Carlos García casado, especialista del ejército y viviendo en la colonia Primero de Julio pudo no haber existido aunque gente como él era común en Guatemala. Pero a partir de ese personaje, de ese hallazgo y de ese día, Dante Liano construye una novela cuya tercera edición acaba de publicar la editorial Piedra Santa.
El personaje del teniente García es una excusa para ofrecernos un espejo, donde no sólo se refleja una época vergonzosa de nuestra historia sino nuestras pequeñeces, nuestras costumbres y nuestro vocabulario, uno de los mejores logros de la novela, como señaló Luis Aceituno durante la presentación del libro en la embajada de México, hace algunas semanas. Ese vocabulario, que a nosotros nos suena tan familiar como los frijoles colados y los platanitos fritos , y que a otras gentes pudiera parecer extraño, nos une aún más que la fallida pasión por el fútbol: ¿Qué tal vos?; Por ahí pasándola; ¿No se le ofrece nada?; ¡Ah, puchis! ¿Idiay, vos?; Barajéemela más despacio; Mirá mija; No se me haga el baboso O esas expresiones floridas que quizá tienen menos peligro de perderse a causa de la invasión de vocablos ajenos: Me eché verga con unos pisados; ¡Qué chinga!; Hecho mierda
Los años de la guerra nos dejaron un sabor amargo y una inevitable inclinación a la tragedia y a la desesperanza. Esa es una de las razones de por qué los guatemaltecos somos dados al descreimiento y a la descalificación; a ver en todo el lado negativo, como si nuestro destino hubiera quedado para siempre marcado por la injusticia, el abuso y el terror. Y nuestro sentido del humor tiene casi invariablemente un dejo de ironía, de amargura y de impotencia, como cuando la tropa del teniente García se aleja, luego de haber arrasado una aldea y matado a sus habitantes, y Liano apunta: Matar gente cansa. No obstante, el autor se esfuerza por hacer respirable la narración y hay otra clase de humor, mucho más ligero, que utiliza para humanizar su historia: El teniente García despierta en la selva y oye el rumor de las hormigas, cientos de miles de ellas, que arrasan todo a su paso sin duda, una imagen de la destructiva labor del ejército, y un soldado le pregunta: ¿Qué es mi Teniente? Y García responde: Son las hormigas. Ora te comen hasta el pájaro.
Dante Liano no se concentra en la tragedia. Su novela no persigue documentar el horror de la guerra ni señalar responsabilidades aunque se deduzcan fácilmente. La guerra es una circunstancia que, aunque determinante, no es más que un decorado, un clima, un aire que permanece entre las páginas de esta historia que a primera vista puede parecer banal pero que, como señalo en el segundo párrafo, refleja mucho de nuestra manera de ser, otro de los aciertos de la novela. En el fondo, el guatemalteco de clase media sólo quiere salir adelante; no le interesa nada que no le afecte. Y para ello es necesario conseguir las conexiones correctas, tener un ¿buen? empleo y comprar una casita. Lo demás es circunstancial aunque se trate de la guerra y de la muerte violenta de nuestros conciudadanos. La solidaridad familiar, pese a las diferencias ideológicas, el sórdido mundo de los orejas y la oscuridad en la que suceden muchas cosas en nuestro país están muy bien reflejadas en la novela. El Hombre de Montserrat se publicó por primera vez en México, en 1994, y fue un acierto haber escrito la historia desde la perspectiva del otro, del militar, del victimario. Y contarla con ese aire intencional de superficialidad, que refleja mucho de la vida de nuestra clase media.
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