El cuete revienta y entonces todas los proyectos del azar se descristalizan y cambian violentamente de rumbo, conversión violenta de tonos más o menos grisáceos, el gris siendo el color de la emoción pueril de toda explosión que se pueda conseguir a precio regateado aunque de igual forma escandaloso en las ventas de cuetes de la Avenida de las Américas un 31 de diciembre bajo la lluvia copiosa de la excitación colectiva.
La importancia del cuete no tiene límites. Se ve que el cuete es importante. Quemar cuetes es como tener una gran moneda de oro en el bolsillo, o una navaja con mucho filo. Un asunto de piratas.
Estaba viendo a los cocineros del restaurante chino quemar una gran ametralladora como de catorce kilómetros en el parqueo de enfrente (sus rostros lucían una cierta excitación sexual), y unos extranjeros se detuvieron a ver el espectáculo, que consiste en reproducir la inercia del silencio pero esta vez con mucho ruido. Seguramente decían los extranjeros: “Es una de las ceremonias más emotivas y estúpidas que hemos visto en vida”.
Pero no hay nada qué hacer. Pasarán muchos años antes de que puedan erradicar la quema de cuetes (no, no se llaman cohetes: cuetes). El cuete es el bestseller de la orgía–celebración. Sólo el guaro le gana en términos de fanatismo. Los cuetes son provinciales y eternos.
Cierto día, siendo patojo, me reventó un cuete en la mano, cuya piel se abrió en plan flor. Fue una experiencia desagradable, que hizo que me alejara de esta práctica espiritual cautelosamente. Es archisabido que los cuetes explotan a los niños, así en el sentido laboral de la palabra, así como en el sentido oh–me–he–quedado–sin–el–meñique–de–la–mano–derecha también. Feliz año nuevo.
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