Los guatemaltecos debemos reconocer que, nos hemos equivocado tradicionalmente en el voto a gente que después de ser electos abusa de nuestra voluntad de democratizar el país.
El 2005 se caracterizó porque salieron a luz, gracias al papel de la prensa y de quienes todavía se animan a denunciar las más vergonzosas fechorías que se comenten. Así nos dimos cuenta que, algunos diputados están en el Congreso para manipular voluntades, viajar sin aprender y hasta venden su voto a los opositores de partido.
Nos dimos cuenta que, dentro de las filas del Ejército, todavía se cobijan elementos muchas veces señalados de apropiarse de Q900 millones, así como los más auténticos protectores del narcotráfico internacional y el contrabando. Nos sorprendemos al darnos cuenta que, los líderes políticos no cambian. Se nutren de dinero de oscura procedencia, mientras al pueblo le hablan de honestidad y combate a la corrupción. Sus agrupaciones hablan de democracia manteniendo las más férreas e inamovibles estructuras en su dirigencia. Por más intentos correctos que haga el actual director de la Policía Nacional siempre sale a luz que el poder del manejo de las cárceles, la droga, la corrupción interminable, la tienen otros, que los débiles lazos de la ley no alcanzan.
Los guatemaltecos hemos llegado al fondo profundo de la desesperanza y la victimización de parte de esos grupos que, aunque denunciados, escasamente logran ser sentenciados y castigados por la justicia, simplemente, porque también ese sistema se encuentra, en buena parte, representando por enmascarados, serviles de los grupos abusadores y, por otro lado, los que se juegan la vida ejerciendo la justicia imparcialmente, no cuentan con la voluntad política de los gobernantes de fortalecer el sistema económicamente. Ese estancamiento de la justicia no puede continuar destruyéndonos. Ya debimos haber aprendido que un buen gobernante no lo hace una deslumbrante campaña política; un buen diputado no lo hacen sus donaciones millonarias al partido que lo lanza; un buen militar no lo hacen los galones en las charreteras; un buen juez no lo forma su amiguismo con los caciques del poder y, hasta un buen pastor evangélico, no lo garantiza que cargue una Biblia bajo el brazo.
El insoportable panorama sí puede revertirse, si dentro de los partidos políticos, los militares más jóvenes, las agrupaciones empresariales y comerciales, las iglesias evangélicas auténticas comienzan por hacer un examen interno de la actuación de toda la gente que utiliza su gremio para delinquir y hacer daño por su incapacidad y su desmedida ambición y, en seguida, señalarlos internamente para desenmascararlos. Este es el momento para que a quienes los males no nos han quebrantado el afán por el trabajo, por conservar la dignidad de la familia y construir una vida con más tranquilidad, nos alertemos y hagamos un mejor papel de ciudadanos, ya no deberíamos sustentar los tiempos en que los espejitos nos deslumbraban y en ese acto mágico hemos seguido cayendo hundiéndonos, siempre hundiéndonos.
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