Es una mujer elegantemente sencilla. Es mujer de causas.
Edgar Gutiérrez
Las últimas semanas de diciembre trajeron buenas noticias para Guatemala. A hurtadillas y muy por detrás de los titulares siempre aciagos que pincelan nuestra atormentada vida cotidiana, se reconoció, en el exterior, el mérito de una las ciudadanas más notables de este país, doña Otilia Lux de Cotí. El jurado del Premio Bartolomé de las Casas (Ministerio de Asuntos Exteriores de España) acordó por unanimidad, el día 15, otorgarle el reconocimiento correspondiente a la edición 25o. de 2005. Días antes, según supe, el gobierno de Francia había decidido distinguirla con su bicentenaria Orden Nacional, la Legión de Honor. Y en los últimos días Evo Morales la invitó especialmente al acto del 22 de enero en que asumirá la Presidencia de Bolivia.
Doña Otilia es una mujer elegantemente sencilla. Orgullosa de ser k’iche’ porta en su vestido, a donde va, el arte de los pueblos mayas. Aguda, mordaz y de contagiante buen humor, es de las personas más constantes y organizadas que he conocido. Es mujer de causas. No sé de gente que haya resistido sus argumentos sobre las causas de la educación, las mujeres y los pueblos indígenas. Lo mismo orienta una pequeña reunión entre amigos, una junta de gabinete de gobierno, que un cónclave de las Naciones Unidas en Nueva York o de la UNESCO en París. Persuade a sus interlocutores no sólo con argumentos cartesianos sino con una pupila brillante de gente sincera y buena.
El jurado del Premio Bartolomé de las Casas resumió muy bien su personalidad y ejecutoria: “liderazgo y permanente compromiso en la defensa de los derechos humanos de los pueblos indígenas… activa participación en los movimientos por la dignidad de las mujeres… constante empeño en el establecimiento de vínculos interculturales y… especial contribución al Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de Naciones Unidas”.
Un día de febrero de 1997 en la avenida Las Américas la vi por primera vez saliendo de una entrevista con Christian Tomuschat, delegado por el Secretario de la ONU para formar, según los Acuerdos de Paz, la Comisión del Esclarecimiento Histórico. Él, entonces, me dijo: será difícil encontrar a un candidato que supere la integridad de esta mujer. A fines de 1998 con doña Otilia formamos parte de una delegación que fue a conocer la experiencia de la transición política en Sudáfrica, sin imaginar que a poco más de un año compartiríamos responsabilidades en un gabinete de gobierno.
Ella se desempeñó de manera impecable como ministra de Cultura en el período 2000-2004. Fue entonces que mi empatía de los encuentros casuales se volvió aprecio y admiración a sus cualidades humanas excepcionales.
Insistentemente el mundo nos está diciendo que entre nosotros hay, como doña Otilia, líderes y estadistas a quienes a veces renegamos o ignoramos. Espíritus sencillos y almas grandes. En ese sentido los premios y los galardones ayudan a descubrirnos. La buena noticia de Navidad fue que doña Otilia era valorada internacionalmente; el augurio es que en Guatemala hay más que una Otilia: hombres y mujeres, indígenas y ladinos, de todas las edades y clases sociales, solidarios, probos, sencillos, sinceros, sabios, guías.
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