El general Carlos Manuel Arana Osorio, presidente de la República 1970-1974, fue sumamente cuidadoso para la escogencia de sus colaboradores.
Fue así como, candidato aún, pidió a Eduardo Cáceres Lennhoff, extraordinario jurista, que fuese su compañero en la fórmula electoral, con lo que –además de brindar consistencia a su proyecto político– se hizo de un Vicepresidente de sólidos conocimientos y acrisolada honradez. El mismo cuidado tuvo con su gabinete, siendo el suyo uno de los pocos que ha tenido la consistencia que es propia de un equipo de trabajo, pese a la distinta procedencia de sus miembros. Ministro sobresaliente fue Alejandro Maldonado Aguirre quien tuvo a su cargo la cartera de Educación Pública, la cual desempeñó con excelencia y, quien precisamente por la excelencia conseguida, se consolidó desde entonces como un hombre de Estado.
El tema de nuestro artículo, sin embargo, es otro. Queremos recordar con quienes vivieron lo sucedido entonces y –compartir la experiencia con los más jóvenes– que el Congreso amenazaba con interpelar al entonces ministro de Gobernación, Jorge Arenales Catalán, con el anunciado propósito de darle un voto de censura y llevarlo, así, a su renuncia o remoción. La situación era ésta: si se le interpelaba como Ministro de Gobernación y se le daba un voto de censura, el Presidente tendría que destituirlo de su cargo.
Arana –estoy seguro de que Cáceres Lennhoff también intervino en ello– hizo entonces un “switch” o enroque, designando a Arenales en una cartera distinta, la de Relaciones Exteriores y como nuevo ministro de Gobernación al hasta entonces canciller, Roberto Herrera Ibargüen, cuyo impecable desempeño hubiese hecho pensar a cualquiera que permanecería en el mismo cargo hasta el final del gobierno.
Herrera Ibargüen pasó de ser ministro de Relaciones Exteriores a ministro de Gobernación, y Arenales Catalán de Gobernación a Relaciones Exteriores.
Pocos hubiesen apostado por el éxito de un diplomático como Herrera Ibargüen al frente de la seguridad interna del Estado pero el hecho es que lo tuvo, habiendo hecho evidente que en estos temas de seguridad más vale la maña que la fuerza y que “un técnico” puede ser bastante superior al “rudo”. Bien dice al respecto el refrán que “perro que ladra no muerde”. O, el otro, que “de las aguas mansas…”
Arenales ya había tenido experiencia diplomática anterior y sus conocimientos en asuntos internacionales eran notables, por lo que, su designación como Canciller, no resultó tan sorprendente como la de Herrera en Gobernación. Su estilo –más directo– fue también exitoso en el manejo de los asuntos internacionales del Estado. La lección de todo esto es que a veces vale la pena oxigenar un poco la estructura de un gobierno sin que ello implique, necesariamente, que deba prescindirse de alguno de sus miembros. Casos habrá, por el contrario, que necesiten de cirugía mayor. Valga el recuerdo de esta anécdota de nuestra historia con el único propósito de hacer pensar, buen ejercicio este –el de pensar– para la acción de gobierno…
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