Muy nuevo milenio, pero vivimos como en el medioevo.
Méndez Vides
El pago de impuestos es un hecho normal y común en todas las sociedades, algo de lo que no se escapa nadie. Cada quien se las arregla dentro de su casa o cueva, pero si queremos tener calles sin hoyos, seguridad, salud, educación y unas bonitas Ramblas dónde salir a socializar y entretenernos por la tarde, debemos pagar el costo entre todos. El monto necesario para obtener tales beneficios se reúne entre los pobladores, y está visto que los pueblos que más aportan también gozan de mejores ventajas.
En Guatemala lo que enturbia la recaudación es la falta de confianza del pueblo en quienes se prestan para recoger y aplicar el fondo colectivo, porque hemos tenido el caso de unos vivos de película que se han repartido las mieles para luego solicitar asilo en los países vecinos, y otros peligrosos, por bien intencionados, porque han utilizado los fondos según ocurrencia particular, capricho o necedad, beneficiando solo a sectores y desperdiciado los recursos de manera irresponsable.
Los guatemaltecos no nos escapamos del pago de impuestos, es más, la tendencia reciente es a pagar mucho más de lo que nos corresponde, porque tras aportar al Estado lo que determina la ley, se incurre en otro aporte “indirecto” para poder obtener la seguridad, salud y educación que no se recibe. Es decir, aquí pagamos dos veces, y vamos creando pequeños estados independientes por doquier.
Pagamos al Estado por la seguridad, pero la Policía no cumple su función, y se teme su presencia porque se los sabe involucrados en actos ilícitos. ¿Cómo nos va a proteger un sistema que es incapaz de defenderse a sí mismo? Aquí los narcotraficantes roban drogas en las mismísimas oficinas del sistema, en lo que parece un medio seguro de transporte protegido de las substancias prohibidas hasta el punto de recolección. Y como no se puede confiar en tal caterva de agentes uniformados, la gente que puede cae muerta con la implementación del sistema feudal de castillos rodeados de fosos con cocodrilos y murallas electrizadas. Los vecinos cierran las calles y construyen garitas lujosas o de lámina, y contratan agentes privados: todo un ejército de bichos sin estudios ni habilidad para hacer otra cosa, que vegetan con los revólveres puestos, unos muy gente y otros taciturnos, turnándose los puestos de vigilancia las 24 horas en casetas antidiluvianas, sufriendo frío, viendo caer la lluvia, y todo para remediar la incapacidad del Estado que no cumple con su propósito. Y todo eso cuesta dinero a la ciudadanía y no fomenta la cohesión social sino el sálvese quien pueda, en la lucha de todos contra todos. Muy nuevo milenio, pero estamos viviendo como en el medioevo.
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