Luis Cardoza y Aragón vivió su infancia provinciana en La Antigua a principios del siglo XX, cuando la ciudad entre escombros era pequeña y toda la gente se conocía entre sí, viviendo en casas cerradas de fachadas señoriales depauperadas, con ventanas que eran una cárcel de hierro forjado para los adolescentes supeditad
Méndez Vides
Luis Cardoza y Aragón vivió su infancia provinciana en La Antigua a principios del siglo XX, cuando la ciudad entre escombros era pequeña y toda la gente se conocía entre sí, viviendo en casas cerradas de fachadas señoriales depauperadas, con ventanas que eran una cárcel de hierro forjado para los adolescentes supeditados a jardines repletos de rosales espinudos, corredores de piso abrillantado con gas y techos frágiles de madera que cedía ante la peste de la polilla.
Allí escribió sus primeros versos y gozó a los autores modernistas mientras escuchaba las campanadas del templo de San Francisco, como se escuchan ahora aunque sin el vicio de los autobuses ruidosos, los camiones de la costa que aplastan las calles empedradas con sus cargas de mercadería ni las bocinas de los turistas domingueros. Cardoza transitaba por la calle asombrado por la música de piano que se escapaba de una casa amurallada, atento a las sotanas y los mendigos, admirando el cielo azul que se le quedó metido en la memoria para siempre, igual que las fuentes, el agua incesante en la pila y el olor de los azahares del naranjal del patio que se extendía hasta las faldas de los tres volcanes, uno echando fuego. Se marchó a París porque ansiaba la vida de la urbe, es más, se consideraba un ciudadano de la Vía Láctea. En el otro lado del mundo descubrió el vértigo surrealista de la ciudad cosmopolita, la excentricidad y el escándalo. Su viaje interplanetario lo condujo a la pasión, pero nunca pudo arrancarse la referencia primigenia de su vida, y en sus memorias dedica una extensa sección a su ciudad natal: “Antigua ha ejercido en mí fascinación morbosa, claustrofobia me ha causado y sentimientos de soledad abisal y llameante, como toda soledad”. El autor nos lleva de la mano por su Antigua íntima. Describe con fascinación las siete casas donde vivió y recuerda que entonces “llovía como nunca”. Es impresionante cómo narra el pasaje de la muerte, los trajes negros y el llanto de un velorio en casa, frente a la vida maravillosa que latía en las fincas de café encarnadas por el grano codiciado.
La Antigua aparece como el territorio donde todo estaba prohibido salvo la propiedad privada. Tiempos de represión y culpa, de pecado, de un pensamiento católico amparado en “la cruz, instrumento de tortura y de muerte”. La imagen del sepulcro del Hermano Pedro fue su pesadilla. Quizá de allí proviene su afán literario por la profanación. El poeta recuerda su ciudad como el territorio de la monotonía, donde nunca pasaba nada y sin embargo ocurrían cosas impresionantes, como el club de los niños suicidas que decidieron matarse por hastío, o la crueldad y dominación cotidiana de quien un día visita en la cárcel al padre recluido por diferencias políticas y, otro, al déspota Estrada Cabrera en su palacio, sintiendo náusea cuando el mandatario le hizo cariño en la cabeza. Una obra inolvidable que entraña pasajes secretos de nuestra nacionalidad.
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