La vida es una perenne contradicción. O posiblemente sólo la mía, ya que siempre que afirmo lo anterior, más de alguno me sale con que no, que la vida es un remanso de paz y coherencia, sobre todo para la gente de bien. Así que yo debo de ser un tipo con muy mala entraña, un neurasténico, como se decía antes, que anda siempre buscando contradicciones aún donde no las hay.
Pero, por ejemplo, hay algo que me preocupa seriamente desde hace unos días y que me ha hecho caer en esos estados de desasosiego en los que caigo cada vez que se cruza en mi camino cualquier cosa que pueda llegar a resultar contradictoria o, francamente, absurda. El caso es que pensaba que hay un momento en la vida en que uno tiene todo el tiempo disponible para cultivarse, pero no tiene dinero para comprarse libros, películas o discos. Cuando uno llega a tener cierta estabilidad económica y la plata necesaria para comprarse los libros que le da la gana, entonces el problema es que carece del tiempo necesario para leerlos.
Como la posmodernidad es algo así como pasarse la vida haciendo listas de las cosas más extravagantes, hay una serie de escritores que se dedican en la actualidad a hacer un recuento de los libros que han leído durante toda su vida. A mí me gustaría hacer todo lo contrario, es decir, un listado de los libros que jamás voy a leer. Hasta el día de hoy la cantidad es interminable, empezando por todos aquéllos que me he comprado y que sé de antemano que ni siquiera voy a abrir.
Me pasa también, ya dije, con los discos. El otro día, poniéndolos en orden, me encontré con una colección bastante completa de cantos autóctonos balcánicos grabados in situ por Alan Lomax en 1930. Lo primero que pensé fue: “¿En qué momento y por qué oscura razón me compré esta mierda?” El precio, además, era exuberante, pero supongo que es una particular manera de invertir en mi vejez.
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