El otro día me encontré en una gaveta una pequeña agenda negra, correspondiente a 1969, que tiene muchas anotaciones que fácilmente he podido situar en la memoria y otras muchas de las que no recuerdo absolutamente nada. Encontré, como ejemplo, una dirección: Alcalá 164, Madrid 28, Teléfono 2552000 que no me puedo explicar. Mi primer viaje a Europa lo realicé en 1973. En esa ocasión sólo fui a Gran Bretaña y Bulgaria, como creo haberles contado antes, de manera que la dirección de Madrid sólo puede tener alguna significación después de 1975, cuando llegué por primera vez a esa hermosa ciudad, en un vuelo desde Roma, en compañía del reverendo padre doctor Ángel Roncero Marcos. Él fue estrecho colaborador de los fundadores de la UFM, ex director del Teologado Salesiano y actualmente funcionario de la Universidad Mesoamericana, en Quetzaltenango.
Antes de emprender el viaje, el Padre Roncero me había dado cartas para directores de Residencias Salesianas en varias capitales europeas, y quedamos de juntarnos en Roma, unas dos semanas más tarde. Me atendieron muy bien en Bruselas, Viena y Florencia, pero en París me encontré con un director bastante agrio.
Lo cierto es que después de visitar a un primo hermano mío, veterano de la guerra de Corea, en Pirmasens, Alemania, y darle un primer vistazo a la Universidad de Heidelberg, me marché para París y de allí a Viena, todo por tren. Acostumbrado, en el pasado ya lejano, a las comodidades de los trenes de Estados Unidos, en París tomé uno para Viena y no me preocupé de llevar comida de viaje conmigo. Como creo haberles contado, aguanté hambre desde el mediodía hasta el amanecer del día siguiente, al llegar a Viena. En el flamante tren no había coche-comedor. Tampoco encontré en la Universidad de Viena el menor indicio de reconocimiento a ninguno de los autores que había estudiado en Minnesota, que eran miembros del Círculo de Viena. Pero sí encontré bustos de algunos de los profesores más eminentes: Freud, Brentano y Karl Menger (1840-1921), “fundador de la escuela austríaca de economía”. Viena, además de su encanto musical, tiene la distinción de ser la cuna del psicoanálisis, del positivismo lógico y de la economía austríaca.
De Viena tomé un tren nocturno para Florencia. Cuando llegué a la estación de los ferrocarriles, para reservar cama, me encontré con la primera persona europea que hacía bromas. Todas las demás me parecían, aunque atentas, bastante serias. Cuando le pedí la cama de abajo, del compartimiento, el empleado me dijo que lo sentía mucho pero que ya estaba reservada. Al notar mi desilusión, agregó: “pero usted tiene suerte. El de abajo lo reservó una linda rubia de unos 20 años”. El compañero de viaje resultó ser un amable joven vienés que hablaba muy bien el idioma inglés. Al despertar, en las vecindades de Venecia, donde nuestro tren se dividió en dos, nos despedimos. Yo le regalé un rosario para su esposa; él un pedazo de jamón casero (seguiré).
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