La oficiosa postulación de Rigoberta Menchú es una broma de mal gusto de Berger y Stein.
Jorge Palmieri
No es esta la primera vez que se especula que la muchas veces doctora honoris causa Rigoberta Menchú pueda ser la primera mujer que ocupe el cargo de Presidenta de la República, porque se ha venido especulando con ello desde que recibió el Premio Nobel de la Paz 1992. Además, ella misma lo ha venido diciendo tanto aquí como en el extranjero. Cuando Serrano Elías era presidente, ella hizo una gira por los estados del sureste mexicano y en todas las entrevistas que le hicieron habló de ese propósito. Yo estaba en Cancún y a quienes pidieron mi opinión les respondí que, de acuerdo a la Constitución Política de la República, ella tiene tanto derecho como cualquier guatemalteco a optar a la Presidencia, pero dudo que un país tan machista como el nuestro esté predispuesto a elegir a una mujer para desempeñar ese cargo. Mucho menos si es indígena. Me decían que el hecho de ser de esa etnia podría contribuir a ser electa porque los indios son mayoritarios, como ocurre en Ecuador que es el país latinoamericano que más se parece a Guatemala en lo étnico. Pero ya no es así en ese país sudamericano, porque en los censos recientes se ha comprobado que el mayor porcentaje de la población es ladina, no indígena. Y sospecho que aquí ya ocurre lo mismo.
Hay que aclarar eso de “indígena”, porque de acuerdo a la definición que hay en el Diccionario de la Real Academia Española, indígenas son los originarios de un país. Como solía decir el general Efraín Ríos Montt cuando era dictador de facto después del derrocamiento del general Romeo Lucas García, en aquellas aburridísimas prédicas moralistas dominicales que todos los medios electrónicos tenían que transmitir a huevo: “usted mamá… usted papá”… ¡y yo también! Todos somos indígenas por el hecho de haber nacido en este bello país que Dios nos ha dado y merece tener mejores hijos. Aunque quienes descendemos de italianos –como es mi caso- no podemos andar presumiendo de ser “descendientes de los mayas”, como se autoidentifica orgullosamente la susodicha empresaria de las Farmacias Similares.
Todo esto viene a cuento porque los medios de comunicación de todo el mundo reportaron hace pocos días que el inmutable doctor en Ciencias de la Comunicación Eduardo Stein Barillas, jesuítico vicepresidente de la República, declaró mientras viajaba a cuerpo de rey en compañía de Rigoberta Menchú por los países de Europa (¡qué diferencia hoy a cuando lo hicieron con escasos recursos económicos para desprestigiar a los gobiernos militares y justificar la lucha armada!) que la dizque “embajadora de la paz” del actual gobierno de empresarios podría llegar a ser la primera mujer indígena que ocupe la Presidencia de la República. Y, para no quedarse atrás, al día siguiente lo repitió, aquí mismo -¡en nuestras propias narices!- el presidente Berger; porque, como es bien sabido, el Conejo no sabe mantener cerrada la boca y no pierde ninguna oportunidad para decir boberías.
Dios quiera que por decir estas cosas no me califiquen de racista y me acusen de ser un discriminador racial, pero si la Menchú tiene derecho a gobernar nuestra patria, yo también tengo derecho a opinar que no me gusta la idea y todavía no es un buen momento para que lo intente.
El hecho que hoy sea Presidenta de Chile una mujer tan preparada y capaz como la doctora Michelle Bachelet, y que en Bolivia sea presidente el indio cocalero aymara Evo Morales, no significa que cualquier mujer y cualquier indio puedan hacer lo mismo en cualquiera de los países de Hispanoamérica. Es innegable que nuestra compatriota Rigoberta se ha superado mucho desde que fue empleada doméstica, o desde que fue guerrillera, pero el haber obtenido el Premio Nobel de la Paz (gracias a la gestión de importantes personalidades de la izquierda europea), 1US$ millón y tantos doctorados honoris causa, no le convierten en persona idónea para ocupar ese importante cargo. Stein y Berger tratan de aparentar que son muy democráticos por plantear la posibilidad que sea Presidenta una mujer indígena, pero es una broma de mal gusto porque saben que la mayoría de guatemaltecos no votaría por ella si de verdad llegasen a lanzar su candidatura.
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