Como era de esperarse, mi columna de ayer –Broma de mal gusto– provocó reacciones encontradas: por un lado, unas personas me manifestaron por diversos medios que están de acuerdo en que no basta para haber sido postulada como la candidata a la Presidencia de la República del curioso dúo Berger-Stein, que por la influencia de unas personalidades europeas militantes en la extrema izquierda, nuestra compatriota Rigoberta Menchú haya recibido el Premio Nobel de la Paz 1992, US$1 millón y buen número de doctorados honoris causa; ni, mucho menos, el hecho de ser mujer, pertenecer a una de las tantas etnias aborígenes, por lo que se autodenomina “descendiente de los mayas”, y ser internacionalmente reconocida por su historial de militancia izquierdista.
Por otro lado, dos respetables señoras que se consideran intelectuales y democráticas y en muchas oportunidades me han llamado amigo, me increparon que, según creen, mi propósito es discriminar a la Menchú por el hecho de ser mujer, con “el agravante” (este fue el término que emplearon) de ser de una de las etnias aborígenes y tener un historial izquierdista. Ambas coincidieron en destacar que “la onda” que priva en varios países del mundo es que los gobernantes sean de la izquierda, como los casos de la doctora Michelle Bachelet en Chile, del cocalero aymara Evo Morales en Bolivia, y del militar de origen inca Ollanta Humala en Perú. Que se suman a los gobernantes de Venezuela, Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina. Tal parece que ha llegado el momento para que los izquierdistas gobiernen estos países que durante tantos años han sido gobernados por la oligarquía, los militares y otros elementos de derecha.
Con paciencia franciscana (que me asombra haber tenido) les expliqué que me parece oficioso y frívolo que Stein, que se sabe que ha estado vinculado con la militancia izquierdista, y Berger, cuyo historial personal, económico, político y social no podría ser más derechista, los dos más altos funcionarios de un gobierno de empresarios, como ellos mismos se han identificado, hayan coincidido en que la Menchú es una buena opción para ser candidata a la Presidencia de la República en las próximas elecciones. ¿Qué persiguen? ¿Es su intención restar a Álvaro Colom los votos de los aborígenes como de los izquierdistas? ¡Solo el monje loco lo sabe!
No se puede negar que es interesante analizar esta curiosa situación, porque es un gran contrasentido que un gobierno de empresarios –obviamente de derecha– lance tan temprano la idea de que la candidata a la Presidencia pueda ser una mujer que pertenece a una de las etnias aborígenes y, aunque es empresaria, es evidente que no está preparada para desempeñar tan difícil cargo y tiene un historial de militancia izquierdista. Espero que ahora quede suficientemente clara la razón de mi justificado asombro.
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