Visita enfermos, cuida sus nazarenos, lee y toca piano.
María Olga Paiz
Conozco un hombre que ha vivido todos los días de su vida. Sin desperdicio. Con la mitad de sus años, nunca deja de provocarme admiración verlo entrar a su clínica, apresurado, con una ráfaga de vitalidad y su eterno bolsón de cartero al hombro. Mientras ausculta con su estetoscopio conversa sin parar. Siempre tiene preguntas, comentarios de alguna lectura, anécdotas de algún viaje. De modo que, cualquier padecimiento o preocupación que lo haya a uno llevado a su consultorio de pronto adquiere su justa dimensión y la visita se convierte en una reconstituyente ocasión de intercambio. Cuando lo despacha a uno con una receta escrita en tinta verde, se retira uno aliviado ya, contagiado de esa borbollante energía.
No se cuántos niños habrá traído al mundo, además de mí, mi mamá, mis hermanos y mis tres hijos. Debemos ser muchos en sus cincuenta y tantos años de práctica como pediatra. En su vida ha encontrado tiempo para los amigos, la solidaridad, el aprendizaje, la enseñanza, el velerismo, el cultivo de flores. Cada día, se levanta, hace ejercicio, da clases en la universidad, atiende en su consultorio, visita enfermos, cuida sus nazarenos, lee, toca piano. Todo este cúmulo de actividades diarias no parecen cansarlo y es usual encontrarlo por las noches, en que muchos más jóvenes y menos vividos guardamos cama, disfrutando de un concierto, de un exposición de pintura, de una conferencia.
Hace pocos días un grupo de amigos y admiradores se reunieron para aplaudir la vida y milagros de Juan José Hurtado. No hubo necesidad de pretextar un acontecimiento como ocasión para el brindis. Me pareció muy atinado para celebrar a alguien cuyo arte es, precisamente, vivir cada día. Por estos días este curioso incansable va de viaje por el Lejano Oriente. Ojalá en algunas semanas me pille algún resfrío y tenga ocasión de visitarlo y contagiarme de su alegría de vivir.
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