Llévese el abrazo que yo no puedo darle a mi pueblo.
Irmalicia Velásquez Nimatuj
En una noche fría y sin luna, la llovizna intermitente nos hizo caminar rápido. Finalmente llegamos al estudio de Radio Chamba, en la Universidad de Loyola en Chicago. Allí nos esperaba un grupo de hombres y mujeres para abordar los desafíos que enfrentan las poblaciones indígenas residentes en EE.UU.
Durante el diálogo aprendimos de cómo estos colectivos se movilizan en un país que los despoja de su identidad y los hegemoniza como hispanos. Recuerdo que un k’ichee compartió sus esfuerzos por preservar sus formas culturales como su espiritualidad, idioma, expresión artística, celebraciones y lazos sociales.
En un país de más de 290 millones de habitantes los colectivos indígenas desde Homestead hasta Berkeley están enseñando que el choque entre lo rural y lo urbano no los diluye.
Por el contrario, su condición de indígenas es el pilar que les permite continuar reproduciendo su cosmovisión e ir tejiendo diferentes redes estratégicas con sus comunidades de origen, entre quienes emigran, con los nuevos grupos de subalternos –con quienes comparten la condición de “ilegales” o la opresión de clase– y con sectores solidarios anglosajones.
Aprendimos también del dolor de los jóvenes indígenas que se marcharon siendo niños y que hoy mantienen algunos elementos culturales, por ejemplo son bilingües kanjobal-inglés, mam-inglés o poqomchi’-inglés, gracias al esfuerzo de sus familias.
También conocen el peso de su historia colectiva y el contexto en el que se marcharon, pero se sienten frustrados porque no pueden visitar a sus comunidades como consecuencia de la irregularidad de su estatus migratorio y se indignan por los nuevos planes inhumanos en contra de los inmigrantes, porque saben que la espera para pisar su tierra se alarga. Añoran abrazar a sus abuelos, conocer al resto de sus familiares, caminar por los campos en donde jugaron, recordar las canicas o las tipachas.
Son generaciones de hombres y mujeres indígenas que demandan el derecho a recorrer el territorio de sus padres y a rearmar las memorias de sus pueblos. Aunque no existen estudios, ellos argumentan que un 60 por ciento de los inmigrantes de Guatemala son indígenas y de ellos más del 70 por ciento no poseen documentos de identificación.
Al final del conversatorio uno de ellos me dijo: por favor, llévese el abrazo que yo no puedo darle a mi pueblo.
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