No podemos darnos el lujo de sentirnos satisfechos con lo que ya se ha logrado.
Hugo Maúl R.
Me parece que fue ayer cuando Edwin, un querido amigo costarricense, me decía que “cuando uno ve muy alto el edificio del banco central de su país es tiempo de dejar la aldea”. Conclusión a la que había llegado después de dejar San José e irse a vivir al D.F. ¿Cuál es el punto de traer esta anécdota a colación? Que uno, sin querer, fácilmente se contagia con el Síndrome de Edwin y termina contentándose con la situación en la que vive. Especialmente cuando se parte de situaciones originales muy malas.
Un ejemplo de eso es lo que me sucedió recientemente. Hace unos días, por casualidad tuve la oportunidad de leer una evaluación de la economía brasileña realizada por la Confederación Nacional de Industria de ese país. A pesar que ese documento contenía muchas cosas importantes, me llamó poderosamente la atención que le dedicaran varias páginas a la comparación del crecimiento económico del Brasil en relación con el de sus socios comerciales y el resto del mundo. Sobre todo, las reflexiones que hacían respecto de sus bajos niveles de inversión, en comparación con lo que invierten las economías emergentes de Asia, y la llamada de atención respecto de que el PIB mundial creció un 16.8 por ciento más que el de Brasil entre 1996 y 2005.
¿Cómo le fue a Guatemala durante el mismo período? No lo sé, nunca me lo había preguntado. Una rápida consulta a los datos nacionales arroja un crecimiento de un poco más del 36 por ciento en el período en cuestión. El mundo creció casi 46 por ciento durante el mismo período. Si se toma el crecimiento del mundo como un parámetro relevante para juzgar la evaluación de nuestra economía, la pérdida acumulada de crecimiento sería de 10 por ciento.
Lo cual puede ser mucho o poco dependiendo del potencial de nuestra economía. Sin embargo, esta discusión técnica, aunque importante, no es el punto central de esta columna. Lo importante es reflexionar respecto de la forma en que los brasileños, o al menos los industriales de ese país, establecen estándares de comparación para el funcionamiento de su economía. En su caso particular lo que les interesa es la importancia relativa de su país en economía mundial. En el nuestro sería muy pretensioso hacer tal cosa. Sin embargo, eso no nos impide adoptar estándares altos de comparación. Lo que no podemos es darnos el lujo de sentirnos satisfechos con lo que ya se ha logrado. Eso sería como quedarnos extasiados por la altura del edificio del Banco de Guatemala, como queriendo negar que en otros lugares ni los edificios más bajos tienen esa altura. Postura que se justifica solo cuando no se han visto más edificios que los del Centro Cívico, o cuando no se quiere cambiar.
0 comentarios: