En el extranjero o aquí, los chapines somos inmigrantes.
Méndez Vides
La Semana Santa es la única ocasión al año que dedicamos los guatemaltecos a convivir en familia y con los amigos que también son familia. Trabajando o sin hacerlo, todos encontramos el rato para disfrutar del tiempo compartido.
La playa es la opción deseable para los capitalinos que gustan del reposo soleado, porque agradecen el revolcón de las olas y luego van a tumbarse como cocodrilos sobre la paz de las piscinas contaminadas por el pie de atleta de los propios o ajenos.
¡Suerte la nuestra!, podemos acostarnos en el mapa y tocar con una mano el océano Pacífico mientras remojamos la otra en el Atlántico. Los turistas chapines parten cargados de salvavidas de Scooby Doo, gorras, bolsas plásticas con promociones, el reguero de niños y el chucho tuerto, y se dirigen al destino afortunado de las playas privadas o a sortear las elevadas temperaturas de la arena negra en las playas públicas. En muchos países la belleza es un bien público que se depara al colectivo, pero en nuestra patria los rincones más bellos ya tienen dueño, y apenas quedan algunas porciones invadidas por el block gris y las casetas de gaseosas y cerveza para acoger a la multitud. En uno u otro sitio, los que allí se congregan ven el horizonte que parece infinito y se sienten realizados.
Hay otros que prefieren seguir la tradición inculcada por sus mayores, y cultivan la devoción de las procesiones. Los hombres estrenan túnica y las mujeres mantilla, y se toman fotos en las esquinas, comiendo algodones o melcocha. El olor del corozo los entusiasma, y son felices con los suyos recorriendo las calles de la ciudad, sin la agitación del empleo, sin las preocupaciones por la tarea a medias y sin estar expuestos a las agruras o cólicos de los jefes.
Pero lo principal, lo que realmente marca la diferencia, es el viaje de retorno al pueblo de origen. Un amigo me dice que en Semana Santa pobre de aquel que no tiene pueblo, porque la mayoría parte al suyo en el interior, al lugar que dejaron de chicos o generaciones antes, pero que aún persiste como el sitio de su identidad: es la foto del Senahú neblinoso entre montañas, o el valle arenoso de Jalapa, o la planicie en las cumbres de Huehuetenango, de esas cumbres que cantó Diéguez Olaverri, o una callecita sinuosa de la vieja Xela... llegado el feriado, los chapines nos dispersamos por toda la patria, porque en cuanto podemos nos vamos de vuelta al pueblo al que pertenecemos. Allí llegan unos de la urbe y otros del extranjero, y otra vez somos lo que teníamos que ser, aunque sea apenas por unos pocos días. En el pueblo está la verdadera patria, donde somos una familia y todos nos conocemos, donde los ladrones no existen o son seres extraños de otro planeta, y en la plaza central nos sentamos un segundo para preguntarnos por qué oscuros designios tuvimos que dejar tan lejos el prodigio que nos correspondió al momento de nacer. En el extranjero o aquí, los chapines somos inmigrantes.
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