Hace dos semanas un grupo de personalidades de Costa Rica, integrado por empresarios, intelectuales, académicos y científicos presentó el Plan Medio Siglo que busca colocar a ese país hermano en la lista de países desarrollados o del llamado primer mundo, en un plazo de 50 años.
Tanto el gobernante saliente como el presidente electo Óscar Arias han dado su espaldarazo a dicho plan y se han comprometido a tomar acciones para su cumplimiento. La propuesta inspirada en el estudio de países que con similar cantidad de población a Costa Rica (Noruega, Dinamarca, Finlandia y Suiza) lograron su despegue al desarrollo, propone como motor del desarrollo la inversión en ciencia y tecnología teniendo como meta el que un tercio de la fuerza laboral esté integrada por profesionales en ciencia, ingeniería y técnicos calificados. Para ello se propone elevar la inversión en ese sector a un 3 por ciento del PIB respecto al 0.4 por ciento actual.
La capacidad de propuesta y de imponerse metas ambiciosas como país son cualidades que escasean hoy en día en Guatemala, donde más bien impera el pesimismo y la ausencia de esperanza ante la dramática realidad que vivimos dominada por la violencia social y la falta de oportunidades para la superación personal de la mayoría de la población. El hecho de que el desarrollo se aleje cada vez más de nuestra vista nos obliga a echar mano de iniciativas que como la costarricense, le ofrezca a la sociedad algún horizonte esperanzador que motive actitudes, aptitudes y valores más afines a la generación de condiciones para el progreso humano, alrededor de un liderazgo que transcienda las agotadas ofertas electorales que han perdido su encanto y poder de convencimiento.
Hace falta sacar la reserva moral e intelectual que le queda al país con miras a definir algunas líneas estratégicas de acción para las próximas décadas con el apoyo del liderazgo político, económico e intelectual. La nueva generación de amenazas que acechan a nuestra sociedad requiere esfuerzos integrales y coordinados de los diversos sectores, pues como está suficientemente demostrado las débiles estructuras políticas no son capaces ni suficientes para dar respuestas sostenibles. Una nueva campaña electoral sin debate ni contenido sobre los problemas del país y sus posibles vías de solución, es un acto de irresponsabilidad pues representa continuar con la inercia de dejar en manos de “otros” lo que es de todos y con el saldo seguro de acumular y magnificar los males que están haciendo del país no solo un lugar poco atractivo para las inversiones sino para vivir.
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