Jamás perjudican un cerebro o dos brazos con ganas de trabajar.
Carlos Alberto montaner
Los inmigrantes no son bienvenidos en ninguna parte. Lo sé de primera mano. He emigrado tres veces en mi vida (a Estados Unidos, a Puerto Rico y a España) y en todas las oportunidades he escuchado las mismas cinco quejas: 1. Los extranjeros nos quitan los trabajos.
2. Aceptan sueldos más bajos y perjudican a los trabajadores locales.
3. Cometen la mayor parte de los delitos.
4. Abusan desproporcionadamente de nuestros servicios sociales.
5. No cumplen con las leyes ni con las reglas de convivencia social de nuestra comunidad.
Por eso me pareció fabuloso escuchar a Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM), decir exactamente lo contrario en una conferencia dictada en la Florida Internacional University de Miami el pasado 3 de abril, en el preciso momento en que miles de inmigrantes ilegales hispanos se manifestaban en las calles de veinte ciudades norteamericanas para solicitar permisos de trabajo y residencia. Según esta abogada y política, ex Ministra de Educación y ex Presidenta del Senado, la región que ella gobierna es la más rica de España, y ha alcanzado un 30 por ciento más de ingreso per cápita que la media de la Unión Europea, como consecuencia, fundamentalmente, del trabajo incesante de los inmigrantes en los últimos seis años hasta alcanzar el 15 por ciento del censo.
Gracias a los inmigrantes −la mayoría ecuatorianos, colombianos, argentinos, dominicanos, rumanos y magrebíes− el número de personas que contribuyen al seguro social ha aumentado sustancialmente en beneficio de una población que envejecía peligrosamente sin aportar suficientes reemplazos a la fuerza laboral. Y esa presencia masiva, lejos de disminuir los salarios reales de los trabajadores o de aumentar el número de españoles desempleados, ha provocado el efecto contrario: más transacciones comerciales, más capital creado y acumulado, más empresas pequeñas y medianas, más ofertas de trabajo. Mientras en la Unión Europea la tasa de desempleo se sitúa muy cerca del 10 por ciento, en Madrid es la mitad.
Jamás perjudican un cerebro o dos brazos con ganas de trabajar. Existe “el fuego del inmigrante”. Por supuesto, para los países receptores es más conveniente acoger a un neurocirujano que a un peón agrícola, pero ambos son un buen “negocio” para la nación. El neurocirujano trae en su cabeza y en la destreza de sus dedos una educación y una práctica que valen millones de dólares, pero el recogedor de tomates hace también un aporte neto al sitio. Generalmente es una persona joven, hombre o mujer, que va a desempeñar un trabajo que ya nadie quiere hacer en las sociedades desarrolladas.
El argumento nacionalista contra los mexicanos −80 por ciento de los inmigrantes ilegales− no se sostiene. La idea de que se mantienen emocionalmente vinculados a su país de origen y no se integran en la sociedad americana no se confirma en la práctica. Es al revés: luchan por integrarse. Los residentes legales se hacen ciudadanos tan pronto pueden. Sus hijos ya son raigalmente norteamericanos. Los nietos (lamentablemente) apenas hablan español, privándose con ello, por cierto, de las ventajas del bilingüismo y del biculturalismo, dualidad que suele aportar una forma más rica y profunda de entender la realidad.
Francamente, no buscar una solución inteligente y acelerada para abrirles espacio a los inmigrantes ilegales, más que un castigo a los violadores de las leyes, me parece una absurda medida punitiva contra el propio pueblo norteamericano.
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