Hace unos días dos personas (un hombre y una mujer) fueron linchadas en el parque central de Sumpango, Sacatepéquez, por una turba enardecida de cerca de 5 mil vecinos. Los ajusticiados fueron acusados de robar niños. Después de ser martirizados y torturados fueron quemados vivos.
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Hace unos días dos personas (un hombre y una mujer) fueron linchadas en el parque central de Sumpango, Sacatepéquez, por una turba enardecida de cerca de 5 mil vecinos. Los ajusticiados fueron acusados de robar niños. Después de ser martirizados y torturados fueron quemados vivos. Estos asesinatos se suman a los innumerables hechos de sangre ocurridos en todo el territorio nacional en lo que va del presente año. El 2005 fue un año matizado por innumerables asesinatos y linchamientos, pero las estadísticas que se están registrando durante 2006 son el mejor indicador de que los linchamientos y los asesinatos, en vez de disminuir, siguen aumentando de manera exponencial. Muertos y delitos por doquier es nuestro pan diario de cada día.
Sin duda, los linchamientos estigmatizan a nuestro país como uno de los más salvajes y incivilizados del mundo y, con razón, nos sitúa entre los países más peligrosos y de altísimo riesgo personal. Las causas de los linchamientos son atribuidas a múltiples factores, entre los que destacan: A) Acciones paramilitares de limpieza social; B) Fundamentalismos religiosos; C) Falta de credibilidad en la administración de justicia oficial; D) Intervención de ex Patrulleros de Autodefensa Civil (ex PAC) en los ajusticiamientos extrajudiciales; y E) Cultura de muerte en poblaciones en las que el enfrentamiento armado interno fue más devastador.
Indudablemente, preocupa sobremanera la cultura de muerte que de nuevo se fortalece en una sociedad sin esperanza, aterrorizada y destrozada moralmente, en la que siguen prevaleciendo los supuestos de violencia que marcaron el enfrentamiento armado interno (1960-96), que postulan que la vida humana no vale nada, que la única manera de sobrevivir es haciendo valer la ley de la selva y que no hay margen para la solución pacífica de los disputas y los conflictos. Con amargura debemos reconocer y confesar que en Guatemala la paz firme y duradera empieza nunca y que la misma, a pesar de las buenas intenciones, sigue siendo una utopía inalcanzable.
Ya es tiempo de que reconozcamos que el actual modelo de Estado fracasó y que el principal síntoma de este fracaso es que el mismo no cumple con su misión principal de preservar y proteger la vida de los habitantes. Urge, entonces, el surgimiento de un genuino Estado de Derecho, en sustitución del actual Estado clientelar, centralista, burocrático y corrupto.
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