Para que su verdad se extienda debe ser enriquecida por el otro.
Edgar Gutiérrez
El 24 de abril de 1998 los obispos de la Iglesia católica entregaron a la sociedad el informe Guatemala Nunca Más, que resumió un arduo proceso de tres años de Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi) sobre el drama de la guerra civil, desde la mira de las víctimas; es la más importante movilización de voluntades para reivindicar la dignidad humana a la que he asistido en este país.
Dos días después de esa entrega fue salvajemente asesinado el obispo Juan Gerardi, promotor de la iniciativa. Con el asesinato contra Gerardi los señores de la oscuridad lacraron su obra intergeneracional de terror, proyectando la pandemia de impunidad que asola estas tierras. Para el proyecto Remhi, que no concluía con la entrega del informe, fue un rudo golpe desequilibrante.
Remhi propuso un camino de reconciliación basado en una constatación biológica: las heridas deben tratarse de una manera adecuada para que sanen. Las heridas sociales, tan profundas y extendidas como la nuestra, necesitan la verdad como desinfectante; la justicia para suturar, y la reparación para una correcta convalecencia. Pero ese camino ha sido negado. No fue aceptado, y la muerte violenta de Gerardi fue un mensaje, pero no el único, aunque sí el más terrible.
Al cabo de apenas ocho años, la tesis central de remhi, “no hay futuro sin pasado”, tiene aún más fuerza. El país sigue roto por las cuatro esquinas. Se desangra. Se hunde en la podredumbre. El futuro ha sido una reedición del pasado que nos negamos a reconocer. Una reedición desesperanzada, sin horizonte. No hay edificaciones de sociedad para el futuro. La única, el CAFTA, va a resultar demasiado estrecha y salvaje, a juzgar por el lamentable estado anímico y fisiológico de esta sociedad postrada.
La historia no transcurre por gusto. La raíz infectada que da el fruto amargo de la injusticia social, sigue inconmovible, pero la fuerza de los hechos está haciendo caer vendas de algunos ojos. Las comunidades –aunque ahora cruzadas por las redes clientelares– van trascendiendo las identidades que en el pasado las fracturaron. El Ejército, que fue el instrumento formidable de la violenta contención social del pasado, está siendo sacudido en su estatus por el mismo poder que refuerza el orden injusto, por la distancia social que crece entre guatemaltecos y nos incomunica, nos vuelve insensibles y rencorosos.
La semilla de Remhi sigue viva y para que su verdad se extienda tiene que ser compartida y enriquecida por “el otro”, el que la niega hasta ahora por temor, vergüenza o soberbia. Remhi sigue portando un mensaje poderoso. La medida del cambio que se larva me la dio el otro día el arrepentimiento de un ex militar, atravesado por la guerra de los 80. Le pregunté: “¿Estaría el Ejército dispuesto en 2006 a sofocar un levantamiento como hace 20 años?”
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