La ciudad de Miami es bella y encantadora, y la pasamos muy bien.
Jorge Palmieri
A pesar de los trabajos que están haciendo en la terminal aérea internacional La Aurora para transformarla en “la mejor de Centroamérica” (según la propaganda del gobierno), los viajeros no sufren molestias, porque han acomodado muy bien los mostradores de las compañías aéreas en el primer piso del edificio, donde antes se salía. Quizás la comodidad se debe a que solamente quienes viajan pueden ingresar a las instalaciones y no se permite que les acompañen otras personas.
El empleado de TACA que nos atendió fue eficiente y amable. Pagamos los US$30 de impuesto de salida y a continuación fuimos a una agencia bancaria a pagar el impuesto de seguridad del aeropuerto (Q20), previo a pasar al control fiscal y al sitio en que nos obligaron a quitarnos los zapatos y el saco para ponerlos en un recipiente plástico para la revisión del caso, de acuerdo a las disposiciones antiterroristas de Estados Unidos. Pero una vez estuvimos sentados en la salita de salida, volvió la normalidad y ya solo esperamos que se anunciara el momento de abordar el avión.
El vuelo fue tranquilo y agradable y el avión aterrizó suavemente a la hora anunciada en la inmensa terminal internacional de Miami, donde tuvimos que caminar largos corredores para llegar a los controles migratorios y aduanales. En el primero fuimos atendidos con excepcional cortesía por un funcionario de apellido latino, pero creo que no era cubano, a diferencia de otras veces en las que no hemos tenido la misma suerte, sino todo lo contrario. Porque hay ocasiones en las que se tiene la mala suerte de que en Migración haya una persona mal educada y de malas pulgas que le recibe a uno como si fuese un terrorista de Osama bin Laden. Las peores en este sentido son algunas empleadas cubanas viejas, gordas, feas y mal encaradas, que sin duda no han tenido relaciones sexuales en mucho tiempo y cuando se les pregunta cualquier cosa contestan tan mal que dan ganas de gritarles ¡viva Fidel!
En Miami nos hospedamos en uno de los más modernos y elegantes edificios de departamentos de la ciudad, situado en la señorial avenida Brickell, el cual nos hizo el favor de prestarnos un querido amigo que es más que un hermano. Ese fue nuestro centro de operaciones desde donde nos movilizamos con comodidad en una camioneta Mercedes Benz de modelo reciente que también puso a nuestra disposición y en ella nos trasladamos a los Malls o centros comerciales y a muchos otros lugares.
Yo ignoraba la existencia de un artefacto que se llama Global Position System (PGS) que contiene un disquete con una pequeña pantalla en la que se escribe la dirección del lugar al que se quiere llegar y pronto una agradable voz femenina informa al conductor por dónde debe ir y dónde debe cruzar, mientras en la pantalla se puede ir viendo un mapa con la ruta que se está siguiendo.
Recordando con no poca envidia de la buena que el 14 de marzo recién pasado, cuando cumplió 60 años de edad el alcalde metropolitano y ex presidente de la República Álvaro Arzú Irigoyen, su encantadora esposa Patricia le llevó a Fort Lauderdale para ver la exposición de lo que se encontró en la tumba de Tutankamón, un día viajamos a esa preciosa ciudad por una de las magníficas carreteras que hay en ese gran país para ir al Museo de Arte a ver la impresionante exposición organizada por la National Geographic de las joyas y una serie de artefactos que fueron encontrados en la tumba del joven faraón egipcio Tutankamón, la cual fue descubierta por el antropólogo inglés Howard Carter el 4 de noviembre de 1922 en el Valle de los Reyes, sin haber sido saqueada. Durante los primeros siete años de su vida y hasta la muerte de su suegro, el faraón Akenatón, Tutankamón llevó el nombre de Tutankatón en honor al dios solar Atón, pero cuando subió al trono lo sustituyó por Tutankamón, que significa “la viva imagen de Amón”. Fue nieto putativo del faraón Amenhotep III y yerno de Akenatón, quien por no haber tenido hijos varones heredó el trono y una inmensa fortuna a su yerno cuando este tenía solo 8 o 9 años de edad, y fue coronado en 1332 antes de Cristo. Se cree que murió asesinado a los 18 o 19 años. (Continúa).
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