laColumna: Follarismos
Un 26 de abril de 1986, hace 20 años, la humanidad quedó petrificada al enterarse de que un reactor había explotado en la Central Atómica de Chernobyl, provocando la mayor catástrofe nuclear de la historia en tiempos de paz. Yo vivía entonces con mi esposa en Berlín Este, y a ambos se nos puso la carne de gallina. Nos miramos aterrorizados y se nos hizo claro, en el momento en que el presidente de la URSS, Mikhael Gorbachev, lo anunció con gravedad ante las cámaras de televisión, que a partir de ese momento el mundo daría un vuelco de 180 grados.
Chernobyl fue el desencadenante que puso en evidencia ante la humanidad el descalabre y la ineptitud, tanto tecnológica como política, de los países del llamado “Socialismo real”. Este se había caracterizado por mostrarse incapaz de reconocer sus propias contradicciones y, por vía de consecuencia, incapaz de resolverlas. ¿Contradicciones? ¿De qué habla, si aquí todo está bien? Chernobyl significó, pues, el principio del fin. La famosa Perestroika (política de reformas) y la Glasnost (política de transparencia) que Gorbachev promovió, condujeron, tres años después, a la caída del Muro de Berlín y a la caída de los demás países socialistas europeos. La realidad había irrumpido, cruda y despiadada, haciendo estallar las categorías conceptuales y perceptivas que el poder, con su arrogancia, manejaba e imponía. De modo que Chernobyl no fue sólo el estallido de un reactor nuclear, sino que fue, ante todo, el estallido de una visión del mundo y de un orden político, económico y social. Quiera Dios que nuestros Chernobiles personales y sociales nos permitan un día superar nuestras inconfesables taras, para aplicar también nuestra propia Glasnost y dejar de vivir una farsa. Agregar comentario: |
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