Opinión:Viajar después de la muerte (2)En nuestro país es muy difícil que quienes sobresalen obtengan reconocimiento en vida. Por: Rigoberto Juárez-Paz
Les decía el martes que Héctor Neri Castañeda regresó a Guatemala en agosto de 1991 para recibir el homenaje que le haría el gobierno de Jorge Serrano Elías. Le acompañaba su segunda esposa, una amiga mía salvadoreña a quien conocí antes que Héctor, a orillas del Mar Negro, en un Congreso Internacional de Filosofía, en 1973. (Yo había hecho el esfuerzo de costearme el viaje principalmente porque mi admirado maestro Wilfrid S. Sellars dirigiría una sección del congreso. Deseaba, además, conocer la Gran Bretaña, especialmente Escocia, la cuna de grandes pensadores como Adam Smith y David Hume. No me interesaba menos tener la oportunidad de vivir unos días en una sociedad comunista. La breve experiencia fue, por cierto, desastrosa, según lo expresé hace muchos años, en El Imparcial de la época. Como digo, fue en Varna, Bulgaria, que los conocí a los dos. Ella y su esposo estudiaban filosofía en Louvain, Bélgica. Héctor de seguro conoció a Rhina cinco años más tarde, en Düsseldorf, Alemania, sede del siguiente Congreso Internacional de Filosofía, cuando el matrimonio de ella probablemente ya estaba en dificultades. Poco después de que terminó ese congreso, Héctor estaba muy interesado en el futuro de ella y me escribió para preguntarme si en la recién fundada Ufm no habría lugar para una talentosa filósofa salvadoreña. Desafortunadamente no lo había. En 1980, dos años más tarde, nos vimos nuevamente en Miami, en una reunión promovida por el reverendo Moon, el dirigente religioso coreano que nos invitó a algunos chapines, Armando de la Torre y Luis Recinos incluidos, a reuniones en diversas partes del mundo: Nueva York, Filadelfia, Acapulco, Seúl, y Montevideo, entre otras. En esa ocasión vi nuevamente a su segunda esposa, quien entonces todavía no lo era. Héctor llegó a Miami poco después).
La ceremonia de imposición de la Orden del Quetzal, en el Gran Teatro Nacional, fue muy solemne. Héctor lo presenció todo desde su silla de ruedas. Serrano Elías dijo: en nuestro país es muy difícil que quienes sobresalen obtengan reconocimiento en vida. Pronto buscamos, agregó, la manera de ponerlos a nuestra propia mediocre altura. A Héctor se le llenaron de lágrimas los ojos, y al salir traté de hacerle una antigua broma entre nosotros: llamarnos capitán o coronel, para así recordar nuestros años de cadetes normalistas, vida que para él terminó con la expulsión que lo obligó a buscar refugio en Costa Rica, donde se graduó de maestro y de donde regresó con su primer libro bajo el brazo Al Margen de la Gramática Tradicional, escrito cuando tenía 18 años. Pero sólo me miró fijamente y no pude descubrir en su mirada ninguna señal de que me reconociera. Al día siguiente le hicieron un homenaje en el INCA, donde había sido profesor de gramática. (Sigue) Agregar comentario: |
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