Foto:
laputa
La mujer levantaba sus brazos como una diva y veía complacida a los fotógrafos que repetían su nombre. “Acá, míranos acá”, le pedían. Marina apretaba la sonrisa para ocultar la escasez de dientes y las gafas de actriz de cine le disimulaban la ausencia de un ojo. Se sentía bella con los cabellos rojizos, con su vestido de lentejuelas y el bolso nuevo que nunca descolgó de su hombro.
Todo cuanto pasaba ese día de marzo en el Festival de Cine de Málaga parecía girar en torno a ella. Los periodistas, todavía llorosos, se le acercaban para darle abrazos y felicitarla. El público quería su autógrafo. “He tenido una vida descarriada y perdida. No esperaba que a mis 66 años me valoraran como mujer”, confesaba Marina.
Su pasado de prostituta y su precaria vida de anciana reflejados en el largometraje Las Estrellas de la Línea los había dejado anonadados. Pero fueron las notas que Marina cantó en el escenario, cuando ya se había proyectado la película, las que aflojaron los llantos. Es un himno agrio de cantina que ella canta en su covacha de Guatemala cada vez que está triste: “Soy triste borracha que pasa la vida bebiendo y llorando ese ingrato amor. El mundo no entiende que una mujer buena se arrastra, de pronto, miseria de vida, escoria de amor. Me miro al espejo y quiero romperlo. Por siempre maldigo al hombre perverso que me hizo infeliz…”.
– Me recibieron como a una reina. La gente me trataba como si yo fuera el presidente. Yo tenía ganas de gritar, de llorar, de todo.
A Marina se le ilumina su rostro moreno cuando cuenta esos días en Málaga. Ha pasado solo un mes y ya los recuerda como ver hacia arriba desde el pie de la montaña.
Su vida, al regresar a su casa en un asentamiento de la zona 1, siguió como siempre: recoger la basura de los vecinos, lavar ropa ajena y venderles preservativos a las prostitutas que trabajan a orillas de la línea del tren, las otras protagonistas del largometraje. De no ser por las noticias en los periódicos, muy pocos le habrían creído que estuvo en España y que recibió trato de famosa.
Platicamos en una banqueta, frente a la entrada del asentamiento en donde vive con su esposo. “La covacha está desordenada y los chuchos no van a dejar hablar”, se excusa Marina.
Nos conocimos en octubre de 2004, cuando el español José María Rodríguez realizaba el polémico documental Las Estrellas de la Línea, en medio de las críticas por haber conformado un equipo de fútbol con prostitutas, y llevarlas a jugar a Futeca de la zona 14. Marina, una meretriz retirada, era la “presidenta de porras”. Supe otra vez de ella cuando la vi en los periódicos posando para la presentación del largometraje.
El tinte comienza a escurrírsele y ella viste de nuevo los tenis y el pants con los que yo la recordaba. “Adiósh, papito chulo, hoy voy a dormir contigo ¿oís?”, le grita Marina a un cuarentón que pasa del otro lado de la banqueta. Ambos se ríen. Es su vecino.
– No se te quita lo pícara, ¿verdad?
– Ni se me quitará nunca. Me voy a morir siendo una molestona.
Marina tiene 62 años, a veces 66 y otras 69, nunca dice la misma edad. Lo que sí cuenta es que casi pesa una libra por año. Una úlcera la tenía pesando 75 libras en marzo. Con medicinas logró subir a 80.
– ¿Cómo eras cuando fuiste prostituta?
– Guapa –dice sin dudarlo–. Era bien hecha, con bonito cuerpo, no como ahora. Mi pelo me llegaba hasta acá –se toca la cadera–, y me lo echaba para un lado. Me hacía chinitos (se delineaba hacia arriba), me pintaba mis pestañas, mis cejas, debajo de los ojos. Me ponía una blusa “estraples”, mi falda de pijazo, tacones…
– Eras bien coqueta
– Era bien puta –suelta la risotada–. Es verdad, era muy puta.
Marina nunca trabajó en bares: no le gustaba recibir órdenes ni trabajar para otros. Desde sus inicios fue prostituta en el barrio Gerona de la zona 1.
– ¿Era muy diferente la línea de entonces a la de ahora?
– Los cuartos no costaban Q20, sino Q2.50, pero yo cobraba Q5 porque era patoja y me los pagaban. Los hombres hacían cola. Con lo que ganaba un día comía tres. Era porque yo tenía mucha paciencia para tratar a los clientes. A todos les decía “mi amor, mi cielo”. Para mí era igual uno descalzo que con zapatos. No los discriminaba y por eso me buscaban muchos.
Marina se crió con su abuela y tuvo tres hermanos (uno de ellos ya murió). Tenía 14 años cuando resultó embarazada de su novio, un muchacho que ahora, cuenta ella, es gerente de una embotelladora en Suchitepéquez. Dos años después de dar a luz, la familia paterna le quitó a la niña. No la volvió a ver.
– ¿Ya eras prostituta cuando se llevaron a tu hija?
– No, yo me metí al negocio después, pero coqueta siempre fui. Me gustaba jugar con los hombres, tener varios novios a la vez.
– ¿Y en qué momento empezaste a cobrar por estar con ellos?
– Me voy a poner bien a pichinga –respondió. Reía.
Agregar comentario:
2 comentarios: