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Actualidad: Edición Dominical

La triste borracha

Marina Palencia tendría motivos de sobra para mantenerse deprimida: un amante le deshizo el ojo, un hijo muerto, la hija que no conoce, sus amores fallidos, una vida con las ganancias del día, después de haber sido una cotizada prostituta. Pero Marina canta y cuenta no solo para espantar las penas, sino para convertir en cuento sus desgracias.

Por: Paola Hurtado

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La mujer levantaba sus brazos como una diva y veía complacida a los fotógrafos que repetían su nombre. “Acá, míranos acá”, le pedían. Marina apretaba la sonrisa para ocultar la escasez de dientes y las gafas de actriz de cine le disimulaban la ausencia de un ojo. Se sentía bella con los cabellos rojizos, con su vestido de lentejuelas y el bolso nuevo que nunca descolgó de su hombro.

Todo cuanto pasaba ese día de marzo en el Festival de Cine de Málaga parecía girar en torno a ella. Los periodistas, todavía llorosos, se le acercaban para darle abrazos y felicitarla. El público quería su autógrafo. “He tenido una vida descarriada y perdida. No esperaba que a mis 66 años me valoraran como mujer”, confesaba Marina.

Su pasado de prostituta y su precaria vida de anciana reflejados en el largometraje Las Estrellas de la Línea los había dejado anonadados. Pero fueron las notas que Marina cantó en el escenario, cuando ya se había proyectado la película, las que aflojaron los llantos. Es un himno agrio de cantina que ella canta en su covacha de Guatemala cada vez que está triste: “Soy triste borracha que pasa la vida bebiendo y llorando ese ingrato amor. El mundo no entiende que una mujer buena se arrastra, de pronto, miseria de vida, escoria de amor. Me miro al espejo y quiero romperlo. Por siempre maldigo al hombre perverso que me hizo infeliz…”.

– Me recibieron como a una reina. La gente me trataba como si yo fuera el presidente. Yo tenía ganas de gritar, de llorar, de todo.

A Marina se le ilumina su rostro moreno cuando cuenta esos días en Málaga. Ha pasado solo un mes y ya los recuerda como ver hacia arriba desde el pie de la montaña.

Su vida, al regresar a su casa en un asentamiento de la zona 1, siguió como siempre: recoger la basura de los vecinos, lavar ropa ajena y venderles preservativos a las prostitutas que trabajan a orillas de la línea del tren, las otras protagonistas del largometraje. De no ser por las noticias en los periódicos, muy pocos le habrían creído que estuvo en España y que recibió trato de famosa.

Platicamos en una banqueta, frente a la entrada del asentamiento en donde vive con su esposo. “La covacha está desordenada y los chuchos no van a dejar hablar”, se excusa Marina.

Nos conocimos en octubre de 2004, cuando el español José María Rodríguez realizaba el polémico documental Las Estrellas de la Línea, en medio de las críticas por haber conformado un equipo de fútbol con prostitutas, y llevarlas a jugar a Futeca de la zona 14. Marina, una meretriz retirada, era la “presidenta de porras”. Supe otra vez de ella cuando la vi en los periódicos posando para la presentación del largometraje.

El tinte comienza a escurrírsele y ella viste de nuevo los tenis y el pants con los que yo la recordaba. “Adiósh, papito chulo, hoy voy a dormir contigo ¿oís?”, le grita Marina a un cuarentón que pasa del otro lado de la banqueta. Ambos se ríen. Es su vecino.

– No se te quita lo pícara, ¿verdad?

– Ni se me quitará nunca. Me voy a morir siendo una molestona.

Marina tiene 62 años, a veces 66 y otras 69, nunca dice la misma edad. Lo que sí cuenta es que casi pesa una libra por año. Una úlcera la tenía pesando 75 libras en marzo. Con medicinas logró subir a 80.

– ¿Cómo eras cuando fuiste prostituta?

– Guapa –dice sin dudarlo–. Era bien hecha, con bonito cuerpo, no como ahora. Mi pelo me llegaba hasta acá –se toca la cadera–, y me lo echaba para un lado. Me hacía chinitos (se delineaba hacia arriba), me pintaba mis pestañas, mis cejas, debajo de los ojos. Me ponía una blusa “estraples”, mi falda de pijazo, tacones…

– Eras bien coqueta

– Era bien puta –suelta la risotada–. Es verdad, era muy puta.

Marina nunca trabajó en bares: no le gustaba recibir órdenes ni trabajar para otros. Desde sus inicios fue prostituta en el barrio Gerona de la zona 1.

– ¿Era muy diferente la línea de entonces a la de ahora?

– Los cuartos no costaban Q20, sino Q2.50, pero yo cobraba Q5 porque era patoja y me los pagaban. Los hombres hacían cola. Con lo que ganaba un día comía tres. Era porque yo tenía mucha paciencia para tratar a los clientes. A todos les decía “mi amor, mi cielo”. Para mí era igual uno descalzo que con zapatos. No los discriminaba y por eso me buscaban muchos.

Marina se crió con su abuela y tuvo tres hermanos (uno de ellos ya murió). Tenía 14 años cuando resultó embarazada de su novio, un muchacho que ahora, cuenta ella, es gerente de una embotelladora en Suchitepéquez. Dos años después de dar a luz, la familia paterna le quitó a la niña. No la volvió a ver.

– ¿Ya eras prostituta cuando se llevaron a tu hija?

– No, yo me metí al negocio después, pero coqueta siempre fui. Me gustaba jugar con los hombres, tener varios novios a la vez.

– ¿Y en qué momento empezaste a cobrar por estar con ellos?

– Cuando trabajé en zapaterías. Me acuerdo que me pagaban bien poquito por pasar todo el día ahí metida y cuando yo salía del almacén me chuleaban en la calle. Una vez un hombre me dijo que si me iba a un hotel con él me daba dinero y yo acepté. Al principio lo vi como un ingreso extra, pero después me dediqué solo a eso.

Marina tenía 26 cuando conoció a Carlos, su actual esposo. Él tenía 16. La mamá del muchacho tenía una cantina y alquilaba una habitación en la casa de Marina, pero no fue ella la que se interpuso en la relación, sino otras mujeres. “Carlos era muy buscado por las muchachas y a mí nunca me gustó que jueguen con mis sentimientos”. Se separaron cuando ella esperaba un hijo suyo. Se vieron 23 años después.

Continuamos la entrevista en la banqueta, pero un grupo de niños que nos lanzaban la pelota directo a la cabeza nos hicieron cambiar de lugar. Marina accedió a continuar la plática en la casa de su hija Ingrid, una covachita a la par de la suya y que sí cuenta con sillas para sentarse. Le pidió a Carlos que se quedara junto a ella y en el otro extremo Ingrid escuchó la conversación en silencio.

Su vida en la línea del tren, la resume Marina, fue alegre y desgraciada. Alegre, dice, porque el dinero le llegaba con solo pararse en la puerta del cuarto y levantar un poco su falda. Pero a cambio tenía que acostarse con desconocidos, varias veces al día y todos los días, por amor al dinero.

– ¿Nunca has hecho cuentas de cuántos amantes tuviste?

– Te digo que fui traidera, no tuve quietud. Fui una vaciladora, pero nunca hubo alguien que me quisiera de verdad. Me ofrecían de todo mientras me tenían abajo, pero una vez se quitaban el deseo, ya no me buscaban. Ya me habían gozado, ya me habían usado.

– ¿Te enamoraste de algún cliente?

– Sí, sí me enamoré de varios. Pero la verdad es que no hubo oportunidad de nada. Yo no era una mujer con la que quisieran casarse. Y yo no pensaba hacer hogar con nadie.

– ¿Tuviste un padrote?

– Sí, es el papá de ella –señala a Ingrid- pero no me gusta hablar de eso porque me metería en problemas con su familia.

– ¿Cuál fue el peor insulto que recibiste?

– Este –contesta y se señala el espacio vacío que dejó su ojo izquierdo.

Su rostro completo se entristece.

– ¿Estabas ebria cuando te lo hicieron?

– No, yo estaba en mi sano juicio cuando él me pegó una manada.

– ¿Era tu pareja, un padrote o un cliente?

– Era mi amante, vivía conmigo… Yo había estado ahorrando dinero en mi ropero y él me falseó la chapa y me sacó Q600. Cuando le reclamé me pegó con el puño. Él era un luchador peso pluma, tenía callos en las manos y me deshizo el ojo. Era el domingo 10 de mayo de 1977 a las 6:00 de la tarde. (Marina toma aire para continuar)
Estuvo preso, pero como yo estaba en el hospital no lo pude acusar y salió libre. El dinero no hubiera importado, pero lo que me hizo en mi vista me dolió tanto. Mi hija estaba chiquita. Después de algo así, la vida no vuelve a ser igual: cada día que me peino, que me pinto, sufro en silencio. ¿Me entiendes? Es muy duro para mí ver mis fotos de cuando yo era “Marina”.

Sentada frente a la mesa del comedor, Ingrid escucha el relato. Tiene 33 años y se casó a los 17 con su segundo novio. Nunca, dice, le pasó por la mente seguir los pasos de su madre. Y ella no se lo habría permitido. “¡La hubiera metido a un correccional!”, jura Marina.

La vez que un hombre trató de besar a su hija, Marina saltó furiosa y le quebró una botella en la cabeza. “Yo trabajo en esto, pero mi hija no es igual y me la vas a respetar”, profirió. Su hija la defendía por igual. Cuando una niña le dijo en la escuela que su mamá era una puta, la pequeña la agarró a patadas.

– Carlos me hizo cambiar –asegura Marina– , él me sacó de eso.

Al dejarse con Marina, Carlos aprendió a robar y conoció todas las prisiones de la Costa Sur. Estando preso en la de Escuintla se tatuó el nombre de ella en el pecho. “La tenía siempre en mente. Siempre la quise”, dice. La última vez que estuvo en la cárcel se juró no volver a pisar una y aprendió a trabajar. Cortó caña, café, algodón y pescó en Iztapa. Un día vino a la capital porque una tía había muerto. En el velorio estaba Marina.

Carlos Lozano, o Rubén Escobar, como dice su partida de nacimiento, tenía canas y bigote. Marina aún trabajaba en la línea y estaba tuerta. El hijo de ambos había muerto a los 13 años cuando estudiaba en el Instituto Aqueche y quemó buses en medio una huelga contra el alza del pasaje. Los policías lo mataron.

Marina aceptó estar con Carlos, pero no dejar la prostitución, oficio que aún le dejaba buenos ingresos. Durante cuatro meses él aceptó el trato y ella, por consideración, se encerraba en el cuarto 15 minutos antes de que él regresara para que no la encontrara con otro. Pero a veces le fallaba el cálculo.

– Yo me sentía muy mal cuando llegaba de trabajar, le tocaba la puerta y ella me decía: “¡Estoy ocupada!” –cuenta Carlos–. Esas palabras: estoy ocupada, todavía me retumban en los oídos. Me caía tan mal que cuando Ingrid también llegaba de trabajar y le decía a Marina: “Ya vine, mama”, ella le contestaba: “Vaya mi’ja, ahorita salgo que estoy ocupada”. ¡Y yo estaba adentro de la casa!

Un día antes de salir a pescar a Iztapa, Carlos le puso un ultimátum a Marina: “No quiero encontrarte en ese cuarto cuando regrese. Ya estuvo bueno, yo quiero mujer para mí, no para todos. Si cuando regrese seguís allí, no me vas a volver a ver nunca”.

– Yo no me quería ir –admite Marina–. Me gustaba irme a chupar con las muchachas al Zócalo, a la Quinta. La vida de fiesta. Si me iba con él pensaba que ya no iba a ser libre. Se lo comenté a la dueña del cuarto que alquilaba y me aconsejó que aprovechara la oportunidad.Cuando Carlos regresó me encontró vendiendo fruta.
Marina dejó “el ambiente” hace casi 20 años. Junto con Carlos salió de la línea y se convirtieron al cristianismo en la iglesia Verbo. Con el tiempo se casaron y fueron una pareja ejemplar, cuentan. Hace diez años desertaron y no pisaron un templo jamás.

– Si alguna vez necesitaste dinero, ¿no te pasó por la mente ir a la línea un par de días, a escondidas de Carlos?

– No, no. Nunca me hizo falta para mis frijoles. Él trabajaba de albañil y yo vendía tostadas, ropa, lo que fuera. Trabajé en un salón de belleza y en un colegio. Luego nos vinimos a vivir acá (el asentamiento queda a cinco cuadras de la línea) y como a Carlos ya no le dan trabajo por la edad (58 años), nos pusimos los dos a hacer mandaditos, a tirarle la basura a los vecinos y a vender preservativos. Si me va bien saco unos Q30, Q45 al día, no hay cuota fija. Pero no importa, porque nos lo ganamos honradamente. Aunque pasemos penas, no importa. Conformista es él, conformista soy yo.

– Estando con Carlos, ¿te encontraste con algún cliente?

– Ah, sí, como a tres.

– ¿Y qué te decían?

– Que como yo ya no estaba en el negocio me iban a pagar más, pero yo les contestaba, claro y pelado, que disculparan pero yo era mujer ajena y tenía a quien respetar. Gracias por su oferta, que le vaya bien.

– Hace año y medio, para el rodaje de la película, me contaste que mientras trabajabas en la prostitución ahorraste una buena cantidad de dinero, creo que eran Q20 mil, y un día solo te quedaban Q200…

– Y los saqué y me los chupé.

– ¿Nunca previste que iban a venir tiempos difíciles?

– Yo creía que todo el tiempo iba a hacer el mismo dinero, sin ponerme a pensar que todo se iba a terminar y que en resumidas cuentas no iba a tener nada. Pero, decime, ¿de qué me sirve lamentarme? Aunque me mate trabajando vendiendo esto, lavando aquello, ese dinero no va a volver jamás.

Desde que dejaron la iglesia, Carlos bebe casi a diario y ella se embriaga cuando necesita ahogar alguna pena. Como la del 10 de mayo, cuando se cumple un año más de su accidente. Marina empieza ese día con una botella de aguardiente y la bebe poco a poco, sin tregua. Para las 6:00 de la tarde se encuentra en el límite del limbo, cantando entre lágrimas Triste Borracha, hasta que cae inconsciente y su marido la lleva a la cama.

– ¿Qué es mejor: una vida turbulenta, pero solvente o una vida tranquila, pero limitada?

– Te voy a decir algo: yo no me siento limitada. Me siento conforme. Si Dios nos dio hoy para comer, doy gracias. Si no, también. Aunque sea pan con café comemos. Las muchachas allá en la línea me regalan tortillas y almuerzos completos. Hasta para Carlos alcanza. Ninguno de los dos sabe lo que es comprar ropa desde hace 11 años. Todo lo que nos ves puesto nos lo han regalado los vecinos.

– Tu hija que no conoces, el hijo que se te murió a los 13 años. La pérdida de tu ojo, de la casa en donde viviste con tu abuela. Tus amantes traicioneros. Tantas pérdidas y lo que menos miro en ti es amargura.

– Yo nunca le pongo atención a lo que me está pasando. Yo no recuerdo las cosas que me hicieron daño. Yo incluso debería ser amargada por mi edad, porque uno de viejo se vuelve como chucho con rabia. Pero no, yo vivo mis momentos alegres. Con decirte que me levanto cantando.

Marina viajó ayer a Madrid, junto a varias prostitutas y ex prostitutas de Gerona que participaron en el documental Las Estrellas de la Línea. Todas fueron invitadas por el director para acudir al estreno de Las Estrellas de la Línea en las salas de cine españolas, el sábado próximo.

– ¿Y qué vas a hacer el 10 de mayo cuando estés en Madrid?

– Me voy a poner bien a pichinga –respondió. Reía.
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