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Actualidad: Edición Dominical

En el Liceo Javier, las faldas llegan ahora a la secundaria

La primera promoción mixta de sexto grado egresará este año del Liceo Javier. Mientras el colegio anuncia la apertura de cupo para nuevas alumnas hasta cuarto bachillerato, emergen reflexiones sobre la experiencia de los primeros seis años.

Por: Guillermo de los Mozos y Claudia Palma

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El reloj marca las 8:20 horas y suena el timbre que anuncia el primer recreo. Los alumnos de kinder corren para convertirse en trapecistas que desafían la altura trepados en los columpios.

Erick y Nicté juegan en el arenero. La mañana de este jueves él es un león; ella, una abeja, en una jungla de fantasía. Han dejado la corona de príncipe y princesa del día anterior.

Frente a ellos, Otto los ve con desaprobación. “Yo no juego con las niñas”, reprueba. “Ellas no saben nada de fútbol, no sé como él puede”, exclama.

La escena tiene lugar en el patio de recreo de kinder del Liceo Javier. Mucho ha cambiado desde hace seis años cuando por primera vez, después de casi medio siglo de educar varones, las puertas se abrieron para las niñas.

Hoy, ellas se aventuran a marcar goles a sus compañeros en el campo de fútbol, un espacio físico que solía ser monopolio de ellos. La llegada de las chicas, incluso, parece haber puesto fin al alboroto típico de cada mañana para descender de los buses. Ellos ahora les ceden el lugar y uno que otro, para hablar con honestidad, ayuda a sus compañeras con los libros.

La llegada de las niñas ha significado un cambio también en la infraestructura del colegio. Nuevos sanitarios, un salón con barras rodeado de espejos para las clases de danza, laboratorios de cocina y juegos para ellas. Las clases extraaula como karate, coro, teatro, natación y atletismo también se han convertido en espacios en donde la coeducación florece.

¿Qué dicen estas imágenes? ¿Acaso los jesuitas consideraron, medio siglo después, que el modelo único de educación llegó a su fin? Sí: del centenar de colegios en América Latina que esa orden religiosa dirige, el Liceo Javier fue el último en sumarse a la lista en 2000.

Atrás quedó la idea de una educación claramente diferenciada para niños y niñas, fundamentada en el viejo argumento de que ambos son iguales como miembros de una misma especie, pero diferentes porque poseen un potencial distinto.

Sin embargo, esto no significa que la idea de la escuela mixta que proclama no solo que niños y niñas son iguales sino idénticos y que por ende tienen las mismas necesidades y posibilidades, reine en la cabeza de sus propulsores.

Para el sacerdote Luis Achaerandio, no se trata solo de mezclar chicos y chicas. No, la tarea de coeducar va más allá. Se trata de crear un ambiente propicio para que ambos puedan madurar desde su propia singularidad de género.

“¿Quiénes somos para interrumpir, durante siete horas al día en la escuela, el proceso natural de convivencia entre hombres y mujeres?”, se pregunta el religioso.

Una minoría que avanza

Hablar, estudiar, jugar, disputar un partido de fútbol, vivir la emoción del primer amor, aprender a martillar o cocinar juntos es una promisoria reacción que busca superar, desde las aulas del colegio, la tradición de mantener los roles tradicionales del varón y la mujer.

La idea en principio hizo que no pocos exalumnos protestaran y no faltaron quienes se opusieran a que sus hijos estudiaran en el colegio. “Tuvimos buena oposición de ellos. Aún hay algunos que, pobrecillos, todavía no lo superan, pero son pocos”, comenta con desenfado Achaerandio, antes de soltar una carcajada.

En cambio otros, como Gerardo González, vieron en la decisión una oportunidad: su segundo hijo y su tercera hija van al mismo colegio. “Tuvimos la experiencia de que nuestro segundo hijo comenzara a estudiar justo el año en el que el colegio abrió las puertas a las niñas. Nuestra hija menor está en primer grado. Para ellos es muy fácil relacionarse con el sexo opuesto, cosa que a mí no me ocurrió. Siempre vimos a las niñas como algo deseado, pero que no podíamos tocar”, dice.

Tras una pausa agrega : “A quien me costó convencer un poco de la idea fue a mi esposa. Ella sí había estudiado en un colegio coeducativo y cuando le conté de los cambios en el Javier me miró asombrada y me preguntó: “¿Estás seguro?, porque hasta donde sé, tu colegio siempre ha sido de varones”.

La misma oportunidad que identificó González vio José Alfonso Aguilar, otro de los ex alumnos que aprovechó para que sus hijos gemelos, Gaby y Javier, estudiaran juntos. “Vaya si han cambiado muchas cosas: la presencia de las niñas ha obligado a los docentes a motivar más a los pequeños”.

No todos los padres están satisfechos. En los seis años se registraron casos en los que padres optaron finalmente por retirar a sus hijas. El año pasado, por ejemplo, los cursos se organizaron de tal forma para que la mayoría de niños pudiera compartir con sus compañeras. Pero hubo salones en donde quedaron grupos de cuatro o cinco niñas y esto provocó que varias se sintieran incómodas. Este año la coordinadora de primaria, Hilda de Sagastuy, comenta que prefirieron aumentar el número de niñas en algunas secciones, aunque esta medida significó que otras quedaran completamente conformadas por varones.

El ejercicio coeducativo que comenzó seis años atrás en la primaria busca crear el equilibrio social y afectivo para ambos. Las niñas son más expresivas y en las clases donde ellas están, sus compañeros aprenden a hablar de sus sentimientos con más facilidad, comenta Leslie Gutiérrez, maestra de inglés.

Pero crear este equilibrio plantea un reto para los docentes, especialmente para quien se hace cargo por primera vez de un salón mixto.

Sonia Mansilla, maestra de sexto grado, es una de ellas. Las niñas tienden a aburrirse más fácilmente que ellos y requieren de más motivación, dice.

Mantener la disciplina en el aula en estos grupos, además, se hace más difícil; aunque según Mansilla, la agresividad en los niños ha disminuido considerablemente.

Las diferencias en el trato también se hacen más perceptibles en los grados superiores. “Ellos son más amables cuando están solos que cuando están en grupo”, reconocen las alumnas de sexto. “Aprendemos a convivir. Antes me moría de miedo de hablar con un niño ahora es lo más natural. Aunque a veces se ponen un poco pesados cuando quieren competir”, dice Andrea Hernández, de quinto grado.

Los maestros de los cursos superiores perciben la necesidad de alumnos como Andrea de competir entre sí mismos. Sin duda el caso de las niñas puede que se trate de una minoría que busca ganar un espacio. De 944 alumnos, 185 son niñas. No obstante, no en todas las aulas puede vivirse esta experiencia de la coeducación, al menos no todos los años.

Es el caso de Aldo y José Miguel, de 5o. B, quienes durante cinco coincidieron con chicas en su clase, se quejan que de los cambios este año (su grado fue de los que quedaron sin niñas). “Nos gustaría estar en una clase con ellas como antes”, afirman rápidamente.

Señorita Bachiller

Cuando se conversa con algunos docentes y religiosos de la secundaria es fácil percibir que la llegada de las chicas a ese nivel los pone nerviosos. “¿Cómo reaccionarán ellos?”. “¿Lograremos mantener la disciplina?”. “¿Tendrán el mismo nivel académico?”, se preguntan.

Las inquietudes son fácilmente respondidas por Edgar Peláez, director de la secundaria en la jornada vespertina que acogió a las adolescentes desde 2001.

Peláez confiesa que ha sido un largo proceso de adaptación pero la experiencia ha sido enriquecedora. Ellas representan el 39 por ciento de la población escolar de 1,402 alumnos. Con el tiempo han ocupado más roles directivos. El año pasado el título de “Primer Bachiller”, que se le otorga al graduando con mejores promedio, fue para una mujer.

Como es natural en todo proceso de convivencia entre hombres y mujeres han florecido los noviazgos. “No podemos oponernos, tampoco los propiciamos, delegamos en un tutor la función de acompañarlos. Y exigimos el respeto entre ellos mismos y hacia sus compañeros”.

Ver a la mujer como ese misterio ha cambiado. Hoy los alumnos ya no trepan la pared para ver a sus amigas en el colegio vecino, el boquete que los chicos abrieron años atrás ha quedado clausurado. Han aprendido dentro de sus aulas a descubrirlas.

Depende del cristal

Coeducar para colegios con más experiencia en el método es sinónimo de convivir, crecer, madurar juntos sin obviar las características propias de cada género. Blanca de Arathoon, directora del Colegio Capouilliez cuenta la experiencia del cambio a coeducación hace 50 años: “Nosotros hicimos el cambio gradual. Primero comenzamos con los alumnos de preprimaria. Luego continuamos con primaria, al principio niños y niñas estudiaban en aulas separadas y disfrutaban de ciertas actividades juntos hasta que decidimos que había llegado el momento de mezclarlos”, comenta.

Cuando Arathoon se hizo cargo del colegio en 1954 los niños y niñas continuaron estudiando en secciones separadas. “No era que tuviéramos temor, pero nos llevó tiempo encontrar el balance adecuado para que pudieran convivir en un aula juntos. Queríamos respetar la singularidad de género de cada grupo”.

Otros, en cambio, no están aún totalmente convencidos de llevar niñas a las aulas de sus colegios. Roberto Asturias, director de el colegio El Roble, un defensor de la educación diferenciada, dice que existen tres razones de peso respaldas con estudios hechos en Estados Unidos y en Europa para justificar el modelo segregado.

La educación diferenciada, dice, desarrolla mejor la personalidad. Ellas maduran biológica y psíquicamente antes y por lo tanto requieren una atención especial. En la secundaria tienden a tener un mejor rendimiento y esto provoca la frustración de sus compañeros.

La escuela diferenciada, añade, mejora los procesos de socialización y supera los estereotipos de género. En los centros mixtos, en cambio, los chicos les pierden el respeto a sus compañeras. También el modelo segregado favorece el rendimiento académico porque los alumnos se concentran más y obtienen mejores resultados, resume este educador.

¿Seguir el modelo de la coeducación o segregar? ¿Unir o separar? Mientras los expertos en educación discuten cuál es la conveniencia de un modelo o de otro, el timbre que anuncia el fin del recreo en el patio del kinder del Liceo Javier suena. Erick y Nicté se levantan de la mano para formarse antes de entrar al aula, sonríen despreocupados. ¿A quién le importan tantas discrepancias?
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