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El nardo en la palabra (cxXI)

Guatemala sigue agonizando, a pesar del optimismo manifestado.

Por: Amable Sánchez Torres

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¿Habrán leído a Cicerón nuestras autoridades? ¿Lo habrán leído quienes pugnan por llegar a ser nuestras autoridades? Me temo que no. De haberlo leído, otro gallo nos cantaría. Pero es el gallo de la pasión el único que nos canta. No se olvide de esto: según la primera acepción del Diccionario de la Lengua Española, de la RAE, pasión es casi lo mismo que agonía. Guatemala sigue agonizando, a pesar del optimismo manifestado en sus últimas columnas –que Dios lo bendiga– por el Dr. Armando de la Torre. No se puede tapar el sol con un dedo. Tampoco el río de sangre que fluye por el cuerpo del país desde múltiples afluentes, muchos de los cuales ni siquiera se contabilizan, porque los crímenes se perpetran en el anonimato mientras sus autores se fortifican en la impunidad.

Dice Cicerón en De oficiis (léase Sobre los deberes): “Los que hayan de gobernar el Estado deben tener siempre muy presentes estos dos preceptos de Catón: el primero, defender los intereses de los ciudadanos de forma que cuanto hagan lo ordenen a ellos, olvidándose del propio provecho; el segundo, velar sobre todo por el cuerpo de la República, no sea que, atendiendo a la protección de una parte, abandonen a las otras. Lo mismo que la tutela, la protección del Estado va dirigida a la utilidad no de quien la ejerce, sino de los que están sometidos a ella”. Y más adelante: “Un ciudadano sensato, fuerte y digno de ocupar el primer puesto en la República alejará y detestará estos males, se entregará enteramente al servicio de la República, no buscará ni riquezas ni poderío, y se dedicará a atender a toda la patria, de forma que mire por el bien de todos. Jamás expondrá a nadie por falsas acusaciones al odio y a la malquerencia, y de tal manera se abrazará a la justicia y a la honestidad que, para mantenerlas, afrontará peligros y hasta se entregará a la muerte antes que abandonar los preceptos que he dicho”.

El texto es tan claro que no necesita muchos comentarios, pero no estará de sobra un resumen para recordarlo, fijarlo y entenderlo mejor. Por consiguiente, los gobernantes (trátese ahora del Presidente, los ministros, los diputados, los jueces, los secretarios, los directores generales) deben: a) gobernar en provecho de los ciudadanos, no en provecho propio; b) velar por el bien de todos, no solo de unos pocos; c) construir la armonía y la concordia, no la discordia o la disensión; d) no buscar poderío ni riquezas; e) no exponer a nadie, por falsas acusaciones, al odio o a la malquerencia; f) abrazarse a la justicia y a la honestidad; g) jugarse la vida, si es necesario, y no jugar con la vida y los bienes de los demás.

Un par de páginas antes, Cicerón disculpa, e incluso justifica, a quienes, por una razón u otra, no se consideran a sí mismos aptos para regir la República. Después añade: “Pero aquellos a quienes la naturaleza concedió aptitud y medios para gobernar, dejando todo titubeo, deben tratar de obtener las magistraturas y el gobierno del Estado… Con todo, a estos hombres de Estado les son tan necesarios… la fortaleza y el desprecio de los bienes exteriores…, así como la tranquilidad de espíritu, y un ánimo sereno y no agitado de preocupaciones, puesto que no han de estar ansiosos por el futuro y han de vivir con gravedad y firmeza”. ¿Claro? ¡Claro!
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