La cruzada del cristianismo fundamentalista promovió el éxito comercial del libro y de la película.
Jorge Palmieri
Quién sabe qué habría sucedido si las fantasiosas novelas del escritor inglés Herbert George Wells –“el padre de la ficción”–, las del francés Jules Verne y las del estadounidense Ray Bradbury –y muchos otros como ellos– hubiesen sido prohibidas por los fundamentalistas y tomadas como verídicas, en vez de ciencia ficción. Tampoco habríamos podido leer los fantásticos relatos de Los eternos argonautas, La máquina del tiempo, La visita maravillosa, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos de H.G. Wells. La novela De la Tierra a la Luna de Verne habría sido desautorizada por la NASA alegando que no es así como se viaja a ese satélite; y Fahrenheit 451 de Bradbury habría sido desacreditada por los bomberos que habrían dicho que no fue necesaria esa temperatura para que se quemara la biblioteca de Alejandría.
El título de Fahrenheit 451 (1953) se refiere a la temperatura en la cual el papel entra en ignición y Bradbury describe un hipotético futuro en el cual la palabra escrita está prohibida por un régimen dictatorial. El personaje central se llama Montag y su trabajo consiste en quemar libros cuyos dueños son rebeldes que para hacer resistencia a un gobierno totalitario memorizan volúmenes enteros de literatura y filosofía, y en castigo son llevados a la cárcel o a los manicomios. Montag tiene inclinaciones poéticas y esto le causa problemas. Esta novela podría ser una advertencia de que vendrán tiempos de intolerancia fundamentalista.
Bradbury, novelista, poeta y escritor de cuentos cortos, ensayos, obras de teatro y guiones para cine y televisión, nació en Illinois el 22 de agosto de 1920. Comenzó a escribir desde muy temprana edad, pero su reputación como escritor se estableció en 1950 con la publicación de sus Crónicas Marcianas, un conjunto de historias cortas que, además de ser de las mejores obras de ciencia ficción, contienen una profunda crítica social. En las historias publicadas en revistas a finales de los años 40, se describen los primeros intentos de los habitantes del planeta Tierra para colonizar Marte y las dificultades con las que tropiezan debido a las especiales facultades de los marcianos, mientras que aquí todo se prepara para una terrible y definitiva guerra nuclear.
El argentino Jorge Luis Borges escribió en 1955 el prólogo para una edición de Crónicas Marcianas y dijo: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?”.
Todo esto viene a cuento por la controversia que han provocado la novela El Código Da Vinci y su versión cinematográfica homóloga, porque relata que Jesucristo sostuvo relaciones amorosas con María Madgalena y procrearon hijos, lo cual no es nada nuevo porque los llamados “Templarios” lo han venido diciendo desde hace muchos años. Pero no lo han probado. Sin embargo, nadie tiene derecho a prohibir que alguien crea lo que quiera. La “santa Inquisición” ya no existe.
Hace algunos años, el escritor británico de origen indio Salman Rushdie fue sentenciado a muerte por el dictador de Irán, Ayatollah Rubollah Joimeni, y los fundamentalistas shiiles por haber publicado su novela filosófica humorística Versos Satánicos (1988) y ofrecieron una recompensa de US$5 millones por su cabeza, porque lo interpretaron como una falta de respeto a su fe religiosa. Hace poco, los fundamentalistas musulmanes islámicos causaron disturbios en distintas ciudades por las caricaturas de Mahoma que fueron publicadas originalmente en un diario danés y reproducidas por la prensa europea.
La campaña contra El Código Da Vinci por parte del Opus Dei ha sido contraproducente porque ha aumentado la curiosidad de los lectores y de los aficionados al cine. Si una novela tan mediocre puede poner en peligro la fe de los cristianos es porque su fe es demasiado débil y debe robustecerse. Aconsejo al Opus Dei no oponer ninguna resistencia a cualquier cosa que pueda expresar una persona porque la libertad de expresión es sagrada. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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