laColumna: El Bobo De La Caja
Salvadoreña de nacimiento, Mercy llegó a Guatemala hace diecisiete años. ¿El motivo? La vergüenza social y el rechazo de su familia. Estaba embarazada de su primer hijo; un hijo cuyo padre, como tantos otros, sembró semilla y desde entonces brilla por su ausencia.
Mientras en la cantina de turno él celebraba –seguramente en brazos de otra incauta– la hazaña de haber preñado a una adolescente, a ella le tocó abrirse brecha sola y parir a Mario. Para entonces ya trabajaba en La Línea. De sus primeros días allí cuenta cómo la vergüenza –otra vez esa perra maldita, la vergüenza, hoja de parra que Dios obsequia a quienes le creen– le impidió, durante días, abrir la puerta del minúsculo cuarto y encarar la calle para ofrecer el pellejo desde el dintel. Pero el hambre pudo más, y por devoción a sus hijos –tiene dos– ejerció allí durante casi veinte años. Entretanto, conoció a Calín, con quien procreó a Joshua. Vivían a la vuelta en una casita alquilada, a tiro de piedra del trabajo. Nos conocimos a principios del 2004. Yo le pregunté si quería salir en un documental y ella fue de las pocas que contestó que sí. Más adelante dijo frente a la cámara: “Sabemos que nuestro trabajo es muy discriminado; por eso estamos luchando, para defender nuestra dignidad. Lo que hacemos aquí es algo muy común; lo único es que nosotras sí cobramos”. La semana pasada ella y otras cinco compañeras estuvieron en Madrid, con ocasión del estreno de la película que protagonizaron. Por una vez, el mundo hipócrita que las rechaza pudo verlas ya no desnudas de cuerpo, sino de alma. El público aplaudió de estremecimiento. Ellas lloraron emocionadas. Sólo cinco volvieron. En Guate la cosa está jodida, jodida. Con un nudo en el corazón, Mercy decidió quedarse y probar suerte. Todo sea –dice– por sus hijos. Agregar comentario: |
Más en esta sección
Poll ID 0 does not exist.
Mas enviados
Los más leidosLos más comentados |
0 comentarios: