Los aviones, las deshoras, el vino, los trenes y los días largos abruman la mente y, así, es difícil despejar la ideas y escribir algo coherente. Pero ahí van para ustedes mis impresiones de viaje.
Paseé por varias regiones de España, pero fue Andalucía la que pasó por mí. Al franquear los arcos mudéjar del Real Alcázar, en donde aún se hospedan los reyes cuando paran en Sevilla, traspasé también la miopía hemisférica con que muchos en occidente vemos el mundo islámico. Había ahí instalada una exposición de Ibn Jaldún, un filósofo árabe asesor de reyes y sultanes, en la cual también se exploraba el legado artístico y las relaciones políticas de un Mediterráneo en la alta Edad Media más rico que el actual. Fue la fusión de la estética cristiana con la islámica precisamente la que hizo posibles esos hermosos espacios arquitectónicos. Hubo largos períodos de valiosa convivencia entre unos y otros y su legado son estos tesoros irrepetibles.La arboleda de columnas de la mezquita de Córdoba, las plácidas fuentes fluyendo del suelo en el Generalife, los zócalos hechos de azulejos de mosaicos alicatados, los techos labrados con estrellas, los finos estucos de las paredes de los palacios nazaríes de la Alhambra han confluido para despertar en mí el deseo de leer, de buscar, de encontrar almas así empeñadas en la belleza. Y estoy agradecida por esa curiosidad que, como sabemos, es el mejor antídoto contra el temor, ese gran miedo que acicatean los altavoces del imperio.
Andalucía, me parece, es el sitio idóneo para un nuevo encuentro entre dos mundos hoy tan divorciados. Una puerta que permite concebir la convivencia y la creación conjunta entre Oriente y Occidente. Alá y Dios bien podrían ahí volver a estrechar la mano.
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