Otro asalto ocurrió en Lomas Altas, kilómetro 8 de la carretera a El Salvador. Hace unos años otro amigo, Eduardo, y su familia, sufrieron una afrenta parecida en la misma colonia.
Poco después, por ahí mismo, cuatro hombres en autos modernos llegaron a un condominio. Ellos, perfectamente trajeados, preguntaron en la garita por la casa de fulano de tal y, respetando las normas del servicio privado de seguridad, depositaron sus licencias. Estacionaron frente a la casa en cuestión –donde no había nadie– y la vaciaron de todos su objetos de valor. De salida se detuvieron en la garita, recogieron sus documentos de identidad y, educadamente, se despidieron de los guardias. Era un día entre semana, a plena luz del día.
Esta vez el asalto ocurrió el lunes 22 de mayo a las 10:30 de la mañana. Una camioneta beige 4x4 modelo reciente fue estacionada frente a la casa número 9, propiedad de Edmond Mulet, diplomático recién nombrado jefe de la Misión de las Naciones Unidas en Haití y embajador de Guatemala ante la Unión Europea entre 2000 y 2005. Cuatro hombres armados con automáticas 9mm, saltaron del vehículo y entraron agresivamente a la vivienda. Se identificaron como policías y con las pistolas apuntando a la cabeza de cada miembro de la familia, los tiraron al piso y los ataron de pies y manos; Edmond se encontraba en Brasil en viaje de trabajo. Con amenazas de muerte y golpes contra la señora Mulet (quien sufrió una herida en la cabeza) y sus hijos, los asaltantes fueron identificando los objetos de valor. Entre tanto, habían ingresado la camioneta y cerrado el portón de la casa. Cargaron con las joyas heredadas de dos generaciones, cuadros y pinturas antiguas, dinero en efectivo y cheques firmados al portador, platería colonial, relojes, ropa, zapatos y hasta utensilios de cocina.
Registraron minuciosamente –y destrozaron– cada dormitorio; vaciaron el bar y la cocina. He descrito el operativo de los asaltantes y hago el inventario de lo que se llevaron de la casa de Edmond, pero ¿y el trauma familiar? Cuando agregamos, con las hojas del calendario, cada historia de violencia en barrios residenciales, zonas populares, calles y carreteras, quedamos ante un cuadro social traumatizado, que del miedo y la impotencia transita a la anomia o la agresión y la autodefensa porque el Estado, otra vez, está ausente. La sociedad victimizada sigue pulverizándose. No es a Superman que necesitamos, sino la edificación de instituciones garantes.
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