Hoy por hoy, el ex presidente Alfonso Portillo es un claro ejemplo de que el crimen paga en nuestro país.
elEditorial
Así como se burló del pueblo de Guatemala en su cara cuando era Presidente, dos años y pico después de haber entregado el cargo de Presidente de la República se sigue burlando de la justicia guatemalteca y de la misma justicia internacional, que siguen demostrando absoluta impotencia.
Como anticipamos desde un inicio, Portillo cuenta con los millones necesarios para poner todos los obstáculos habidos y por haber para evitar ser extraditado, juzgado y encarcelado como merece.
A estas alturas, ya nadie duda de que Portillo debería estar tras las rejas, pagando los elotes que se comió, y que nuestro país debería estar recuperando todo lo que se apropió este cínico y descarado delincuente.
Sin embargo, irónicamente ocurre todo lo contrario. El rufián está libre y disfrutando de su fortuna mal habida, esperando pacientemente a que todo se olvide y a que sus “cuates” regresen al poder en nuestro país, para que, entonces, él pueda venir al territorio nacional muerto de risa, y presentarse ante nuestra gente desmemoriada como víctima de una tremenda injusticia, como un pobre ofendido que fue satanizado por sus enemigos políticos.
Mientras tanto, se está echando encima los intereses de los millones que se llevó. ¡Qué bien! Arregló el problema económico de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y otras tantas generaciones más. Fiel seguidor de aquel dicho que dice “la vergüenza pasa y el pisto queda en casa”, vive tan campante en México, así como el otro cínico ex gobernante Jorge Serrano, en Panamá.
En cuatro años, Portillo resolvió el problema de su vida y, por supuesto, también el de sus descendientes, mientras que el grueso de la población guatemalteca pasa toda la vida sin satisfacer tan siquiera sus necesidades básicas.
Dado que la corrupción es un crimen de lesa humanidad, Portillo es un criminal, porque lo que se robó no pudo ser empleado en alimentación, salud, educación, seguridad, vivienda, ni en aliviar las condiciones de extrema pobreza que vive una enorme porción de la población guatemalteca. Sin duda, ese pisto pudo haber salvado vidas que se perdieron.
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