Actualidad: Edición DominicalEl AnfitriónEn el extranjero, revistas como “Harper’s Bazaar” o “Departures” recomiendan a John Heaton como el mejor acompañante para aquellos que quieren conocer intensamente Guatemala. Por: Claudia Méndez Arriaza
John Heaton es un francés-estadounidense-guatemalteco en quien se acomoda perfectamente bien esa triple identidad. La sangre de su padre es su lado americano, la herencia de su madre es ese aire francés impreso en su personalidad, pero lo que tiene de guatemalteco no fue sucesión de ninguno de sus antepasados: eso lo adquirió por voluntad propia. Pura voluntad.
En los 70, el mundo a este parisino se le dividía en dos: “En el peor escenario y en el mejor escenario”, cuenta sentado en el corredor de su casa en La Antigua Guatemala, “el mejor escenario era asumir mi vida de francés burgués con un futuro conservador y tradicional: éxito en mis negocios, seguir un rumbo de banquero-empresario, mis amigos emprendían sus carreras exitosas y se suponía que yo hiciera lo mismo. En fin... imagínalo”. El peor escenario estaba, contradictoriamente, en seguir esa vida: “Estar encerrado en aquella ciudad, con un sueño en mi mente que me llamaba, pero al que yo no respondía”. Él, ya lo veremos, se decidió a responder a sus sueños... O quizá sea mejor decir que siguió sus instintos. De qué otra forma podría explicarse que Heaton dejó su país cuando la economía francesa experimentaba el mayor crecimiento registrado en su historia reciente, eso que los historiadores han llamado la trente glorieuses, los treinta años gloriosos de la posguerra. O cómo entender que cambió esos aires para lanzarse a una aventura en países latinoamericanos que empezaban a llenar sus páginas de historias con tufos de dictaduras y guerras. “Ellos, mis amigos, dijeron: sé responsable, trabaja duro, vive esta vida y retírate a los 50. Ya después puedes hacer lo que quieras”, cuenta Heaton, “pero yo no quería convertirme en una persona que cumpliera 50 años y no tuviera ganas de hacer nada”. Sus 54 años Heaton los ha vivido con intensidad y pasión. Harper’s Bazaar de Londres lo ha descrito como un demonio atractivo que ha coqueteado con el peligro, pero al mismo tiempo como la persona que cualquier extranjero querría conocer a su paso por Guatemala. La revista Vanity Fair lo ha colocado recientemente en su lista de compañeros ideales para una aventura en estas tierras. La primera vez que Heaton llegó a Guatemala fue en 1978. Venía de México, donde un grupo de amigos franceses se lanzaba a la empresa de desarrollar turísticamente la costa inexplorada. La tentativa de sus amigos se mostraba como una apuesta con posibilidades mínimas de riesgos: en la década de los 70 México experimentó el conocido boom económico resultado de sus exportaciones petroleras y el flujo de inversiones extranjeras. Pero parece que a Heaton aquello lo aburría. “Yo no quería ese México cosmético de resorts. Entonces viajé a Guatemala, donde encontré un surrealismo real, descubrí una cultura auténtica, un país que no se me presentaba como un escenario prefabricado”. Viajó durante tres años en territorio centroamericano, mientras guerrilla y militares peleaban con bombazos en la sierra, Heaton aceptaba la invitación de cofrades para pernoctar en su casa y de paso presentarle al Maximón real; mientras se perpetuaban los gobiernos represivos en la ciudad, Heaton descubría la intensidad de la selva petenera de la mano de guías keq’chíes; mientras algunos luchaban por conseguir algo y los otros peleaban por conservarlo, arrancando páginas de los manuales de Historia para no avergonzarse de sus hechos, Heaton escuchaba las historias más vivas que jamás escuchó, de boca de los kanjobales huehuetecos. “Y me sedujeron, y me enamoré, y me quedé, y me comprometí con este país”, recuerda este francés-estadounidense (¿o guatemalteco?) en la sala de Quinta Maconda, su casa en La Antigua Guatemala. Él se estableció aquí en 1986, solamente cuatro años después decidió formalizar su compromiso cuando compró la casa en la que ahora cuenta estas historias llenas de personajes y voces guatemaltequísimas. Entonces empezó a recibir a los amigos que hasta ahora no dejan de llegar seducidos porque Heaton les presente Guatemala como pocos la conocen. Empezaron aquellos franceses que se quedaron en México, siguieron aquellos amigos de adolescencia que se quedaron en París... Más tarde personalidades como ese genio que llevó a la pantalla El Padrino, de Mario Puzo, Francis Ford Coppola, llamaron a su puerta. Tras él apareció el aventurero Indiana Jones (Harrison Ford). Un buen día Helen Fielding cruzó ese umbral, en una de sus habitaciones empezó a escribir Bridget Jones’s Diary. Ellos llegaron seducidos para conocer lo que Heaton llama “La otra Guatemala”. “Un país auténtico, nada cosmético, su cultura sincera”, explica, “comparto el país del que me enamoré”. Las publicaciones como Departures sugieren a Heaton como la persona apta para atender a un viajero sofisticado “primera clase” le dicen. Su casa en La Antigua, decorada con recuerdos de sus viajes a África, Indonesia, Guatemala y Asia, fue recientemente elegida como uno de los nueve lugares más exclusivos del mundo para pasar una noche. En cuatro horas de plática uno descubre que Heaton nunca describirá a los visitantes en términos económicos: “No voy hablar de personas que buscan hoteles cinco o siete estrellas, porque quienes viajamos en busca de experiencias únicas sabemos que el lujo no está en el hotel con 70 canales en la televisión o aire acondicionado cuando hace calor. Esos viajeros saben que cenar en familia, en una casa de adobe en Santiago, Atitlán, puede ser alucinante. O de repente levantarte y ver cómo sale el humo azul de las casitas allá abajo de la sierra Los Cuchumatanes y luego ir a saborear esas tortillas es una experiencia irrepetible en la vida”. Esos son ejemplos de la Guatemala que Heaton presenta a sus visitantes. En el Río Tatín, un hilo de agua que se separa de Río Dulce, su Rancho Corozal, es como una cuna afincada entre los manglares. “Para mí turismo no es un diplomado o una licenciatura, para mí es un arte donde existe sensualidad y enamoramiento pero también compromisos con la cultura ajena”. Es por eso que nunca Heaton verá su actividad como un oficio para hacer dinero. Él y su novia, Catherine Docter, una académica que vino acá seducida por las culturas mesoamericanas, son como almas hermanas que se encontraron en el mismo espacio. En sus pláticas uno descubre que recién visitaron Momostenango o Chajul, o que en los próximos días volverán a Nebaj o Santiago. Empezaron a diseñar hermosos tejidos que luego se convierten en bolsas que mujeres en el extranjero llevan bajo el brazo como una estampa de Guatemala. Un empresario se acercó para sugerir que produjeran 100 mil, pero ellos aclaran que no es ese el interés. Heaton nunca se refiere a sus visitantes como huéspedes, tampoco habla de su casa como hotel. A su casa llegan visitantes. ¿Cómo describir en qué convirtió Guatemala a Heaton? Decir que es un hotelero sería grotesco; definirlo como un aventurero que vive con intensidad esta tierra para sí mismo dejaría un sabor insípido a esta realidad; explicarlo como un europeo más arraigado aquí, quedaría corto. Heaton con sus historias, su humor, sus guatemaltequismos, su gusto por este país, es en realidad un anfitrión en este lugar. El más auténtico anfitrión. Agregar comentario: |
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