Imposible hablar de él sin recordar la tragedia en la embajada de España.
Jorge Palmieri
Nadie puede negar que el período presidencial del general Romeo Lucas García (1978-1982) se caracterizó por el recrudecimiento de la violencia. Pero esa violencia no fue sólo de parte de las fuerzas represivas del Estado, sino también de la subversión que incrementó considerablemente sus actividades, al grado que hubo un momento en que llegaron a estar muy cerca de la capital y, como era lógico, las autoridades represivas aumentaron su actividad para impedir, a como diera lugar, que los subversivos se apoderasen del país. ¡No se podía esperar otra cosa! Como ya lo he dicho, la Constitución de la República que estaba vigente prohibía “la formación o funcionamiento de partidos o entidades que propugnen la ideología comunista o que por su tendencia doctrinaria, medios de acción o vinculaciones internacionales, atenten contra la soberanía del Estado o los fundamentos de la organización democrática de Guatemala”. En mi opinión, esta prohibición no es democrática, porque en una verdadera democracia deben permitirse todas las ideologías y que cada persona elija la que prefiera. Lo cual no se respeta en las supuestas “democracias comunistas”, como Cuba.
En vista de que muy pronto vendrá un juez de España con la petición de captura y extradición del ex presidente Lucas (quien ya descansa en paz) por siete cargos de asesinato y uno por tortura de ciudadanos españoles y otro por el intento de asesinato del ex embajador Cajal, aunque corra el riesgo de ser repetitivo volveré a publicar lo que sucedió en ese lamentable hecho que causó tanto desprestigio a nuestro país.
A las 11:00 de la mañana del 31 de enero de 1980, la casa de las oficinas de la embajada de España fueron “tomadas pacíficamente” (?) por un grupo de personas con la cara cubierta y armadas de pistolas, machetes y cócteles molotov. Entraron por la puerta principal, tranquilamente, caminando despacio, en fila india, porque no había un portero ni un policía. Ya adentro anunciaron que a partir de ese momento todos lo que se encontraban en el edificio eran rehenes, entre quienes había españoles y guatemaltecos que formaban parte del personal.
También habían dos personalidades políticas: los licenciados Eduardo Cáceres Lehnhoff y Adolfo Molina Orantes, ex vicepresidente de la República y ex ministro de Relaciones Exteriores, respectivamente, quienes habían sido convocadas con sospechosa insistencia por el embajador Máximo Cajal y López para hablar de una reunión de notarios, pero hay motivos para creer que lo hizo con el deliberado propósito de que fuesen rehenes mientras las oficinas de la embajada española servían de caja de resonancia para la conferencia de prensa en la cual los invasores se proponían protestar por las actividades militares en la zona del Triángulo Ixil en el departamento de Quiché. Habían sido convocados también el respetable licenciado Luis Beltranena Sinibaldi, quien no acudió a la cita “porque le causó desconfianza la insistencia” (según sus propias palabras) y el doctor Mario Aguirre Godoy, catedrático de la Facultad de Derecho la USAC, quien escapó a tiempo.
Al frente de unos miembros del Comité de Unidad Campesina (CUC), brazo político y militar del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), iba el dirigente campesino Vicente Menchú, padre de Rigoberta Menchú, quien en 1982 recibió el Premio Nobel de la Paz y un millón de dólares sin más justificación que ésta y haber narrado la fantasiosa y supuesta historia de su vida a la escritora venezolana Elizabeth Burgos Debray, entonces esposa del agitador comunista francés Regis Debray, amante de madame Mitterrand, esposa del presidente de Francia, quienes lograron que le otorgasen dicho premio para que con ese prestigio y el millón de dólares que le acompaña pudiese continuar su campaña para perseguir a quienes tuvieron responsabilidad en el incendio que causó un cóctel molotov que lanzó uno de los campesinos a los policías que llegaron a sacarles y esparció la gasolina y el fuego por la alfombra sobre la cual estaban los otros cócteles que, al estallar e incendiarse, causaron la muerte a todos los que estaban en la casa. (Continuará)
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