Solo la libertad individual es capaz de generar bienestar para la mayoría.
Rigoberto Juárez-Paz
Según la mitología de la Filosofía, cuando Hegel estaba en su lecho de muerte, compungido le dijo a un pariente: “De todos aquellos que han leído mis obras solo uno me entendió; y ese me entendió mal”. No sé quién pudo haber sido el lector de marras, aunque Marx sería un buen candidato, pero sí sé que don César Solís Pacheco, en elPeriódico del 29 de julio, demuestra que no entendió mi artículo sobre el analfabetismo, ya que inmediatamente después de afirmar que sí lo entendió, él escribe “En los países desarrollados que él menciona, saben leer y escribir porque les han enseñado y la educación ha sido prioridad del Estado y no porque nazcan sabiendo leer y escribir”.
La absurda noción que me atribuye, es decir que en los países desarrollados los chicos nacen sabiendo leer y escribir, obedece a que él confunde “enseñar a leer y escribir” con “campañas de alfabetización”. Por supuesto que en los países desarrollados enseñan a leer y escribir en las escuelas, pero allí desconocen las campañas de alfabetización. Si el tema en verdad le interesa, él debe leer con mucho más cuidado aquello que he escrito al respecto. El jueves 27 de julio, don Carlos Maldonado se sirve opinar que, por el hecho de que yo estudié Filosofía, quienes leen mis columnas esperan que me refiera a temas de política nacional o internacional, en vez de “atacar al socialismo equiparándolo con la pobreza y el atraso”, aunque no venga al caso.
Don Carlos de seguro no sabe que yo acuñé la frase “analfabetismo económico”, para referirme a quienes piensan que la forma más eficaz de lograr el bienestar de los pueblos es que el Estado intervenga en su economía. Tampoco sabe que, en otra ocasión, escribí que “solo los países ricos pueden darse el lujo de adoptar medidas socialistas”, para comunicar que los países pobres que lo hacen solo logran mantener la pobreza o aumentarla. Según la experiencia de la humanidad, solo la libertad individual es capaz de generar bienestar para la mayoría.
Hace muchos años, en un restaurante de Cobán, un amigo me dijo que el solitario comensal que estaba a la entrada del restaurante era nada menos que el padre Zaitegui y Plazaola, antiguo profesor de griego de la Facultad de Humanidades de la Usac, y acerca de quien yo había escuchado que nunca le daba notas altas a ninguno de sus alumnos, aunque fueran Rodolfo Ortiz Amiel o Héctor-Neri Castañeda.
Solo Homero, decía, merece una nota de cien puntos. Pero tampoco quiero recordarlo por su resentimiento de que los feligreses cobaneros le entendieran mucho mejor al cura gringo que a él, ni por la traducción que estaba haciendo de un diálogo de Platón, sino porque cuanta vez se presentaba la ocasión decía: “Franco tiene qué desaparecer”. “Coma, Padre,” le comentaba yo, “Se le va a enfriar la comida”, y él contestaba “Aquí no hay con quién hablar. Comeré después”.
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