¿Son capaces de distinguir entre “discurrir” y “discursear”?
Amable Sánchez Torres
¿Seremos los humanos una especie en extinción? Me inclino a pensar que sí. Si la materia no es eterna y todo lo que nace muere –quizás haya algo que no nace y, por consiguiente, no muera tampoco–, nada puede extrañarnos que el género humano, desde el punto de vista biológico, sea una especie en extinción. La extinción sería un efecto. Pero ¿cuáles son las causas? ¿Las causas que, más que al qué, se refieren al cómo de tal extinción? Son infinitas y todas dicen relación directa a alguna necesidad o a muchas necesidades juntas: pobreza, hambre, enfermedad, guerra, siempre sobre la base de un común denominador. ¿Tendrá esto remedio? La respuesta dependerá de cuán optimistas o de cuán fatalistas seamos. Pero, ¿hay base para el optimismo?
¿Por qué si la pobreza suele estar en la llanura y en los valles, los políticos –que diz que quieren controlarla y hasta erradicarla– andan continuamente de cumbre en cumbre? ¿Acaso podrán verla, sentirla, medirla y pesarla desde allí? ¿Con qué grado de sinceridad suben y se mantienen en la cima? ¿Por qué no duermen en el suelo, entre chinches y piojos, y celebran sus “encumbradas” reuniones ayunando a pan y agua? ¿Cuántos días aguantarían? ¿No llegarían así antes a alguna conclusión que valiera la pena? ¿Son siquiera algunos de ellos capaces de distinguir entre “discurrir” y “discursear”? En El orador critica Cicerón a Tucídides, no como historiador, sino como orador precisamente, y dice: “…los propios discursos que introduce presentan tantas frases oscuras y de significado oculto que apenas pueden ser entendidas, cosa que en los discursos de los políticos es el mayor de los defectos”. A esto quería llegar. A renglón seguido, se pregunta Cicerón: “¿Cómo es posible tanta extravagancia en la gente, que, a pesar de conocerse ya el trigo, se alimenta de bellotas?”. Bueno, precisamente los políticos no suelen alimentarse de bellotas, sino de champán, caviar y chucherías por el estilo. Pero la gente, lo que se dice la gente, sí parece seguir alimentándose de las bellotas que en sus discursos les prodigan los políticos. Y así nos luce el pelo.
Quizá no estemos tan lejos de que el resumen de todo –de todo el mundo, digo– sea el exabru(p)to –¡por favor!– que se le escapó a un famoso cumbrero en una de las últimas cumbres. Supongo que ahí sí hubo sinceridad. Es una palabra de seis letras, que empieza por “m”, acaba por “a”, como en el más intrincado y dolorosos de los cruci gramas, y que, cuando se publica en el periódico, suele escribirse eufemísticamente así: m… La culpa de todo la tuvo un micrófono tonto y distraído que, cuando debía estar con los oídos cerrados, parece que el pobre se mantuvo con los oídos abiertos. Todo se arreglará, hasta donde yo sé, con un juicio sumarial iniciado immediately, y es posible –en opinión de los entendidos– que al curioso aparatejo se le condene a la silla eléctrica. ¡Imagínense las chispas!
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