Ehud Olmert, el primer ministro de Israel, declaró ayer que los ataques de Hezbollah y la devastadora respuesta del Ejército de aquel país han provocado el desprestigio y aislamiento de la milicia. Me sorprende que el gobernante del Estado con un servicio de inteligencia tan sofisticado como el Shin Beth incurra en semejante error.
A pesar de que sus fuerzas armadas ocuparon el sur de Líbano durante ocho años, con lo cual estuvieron en contacto directo con la población de la cual se nutren las milicias Amal y Hezbollah y de mantener un Ejército de espías en los países de la zona, la elite política israelí no ha caído en la cuenta de que no se enfrenta a una milicia convencional, sino a un verdadero movimiento social. Un revelador artículo escrito en las páginas editoriales de The New York Times por el doctor Robert Pape, profesor de ciencia política de la Universidad de Chicago asegura que a diferencia de lo que sucede con otros grupos similares, Hezbollah tiene una amplísima base social que se nutre no solamente de musulmanes chiitas sino también de personas provenientes de otras religiones. En su estructura, dice Pape, no hay solamente creyentes, sino también laicos. Al parecer, Hezbollah no es strictu sensu un Ejército, sino una organización coordinadora de diferentes iniciativas cuya finalidad común es oponerse a Israel. Es decir, reúne todas las características de un movimiento social amplio cuya identidad colectiva ha logrado superar las diferencias locales para confluir en la necesidad de unirse para combatir al enemigo común, Israel.
Esto le complica las cosas al Gobierno israelí, porque para derrotar a Hezbollah no basta solamente con destruir sus arsenales o eliminar o capturar a quienes los utilizan, porque esta organización tiene extensas redes sociales de apoyo en el sur de Líbano. Pape dice: “lo que produjo su rápido ascenso y hará imposible su derrota militar no fue el apoyo internacional recibido sino el hecho de haber evolucionado de una reorientación de grupos sociales preexistentes en Líbano”. O sea, de acuerdo con este análisis, el ataque del Ejército israelí probablemente destruirá el poder de fuego de Hezbollah, pero no logrará erradicarla. Para hacerlo, si la tesis de Pape es cierta, Israel debería liquidar a toda la población de la zona. Es decir, recurrir al genocidio, lo cual por supuesto está fuera de toda consideración.
La ofensiva israelí no solo ha sido ineficiente para quitarle el apoyo a Hezbollah en la zona que controla, sino, contra lo que Olmert proclama, ha logrado unificar a una nación fragmentada. Según reporta The New York Times, el miércoles los diarios libaneses publicaron un manifiesto de los principales jerarcas religiosos condenando “la agresión israelí” y en el que alaban “la resistencia liderada principalmente por Hezbollah, que representa uno de los sectores de la sociedad” (NY Times, 3/8, Pág.12). Los firmantes fueron no solamente los líderes de las comunidades chiitas y suníes, sino también el patriarca de la Iglesia católica maronita y otros obispos de diversas denominaciones cristianas. Lejos de aislar a Hezbollah, la torpe respuesta israelí ha contribuido a prestigiarla más no solo en Líbano sino en todo el mundo árabe. Ante esta perspectiva, la única solución que se avizora es utilizar la diplomacia y establecer una fuerza multinacional de paz.
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