La bien o mal llamada novela “histórica”, cuyo calificativo tanto irrita a los autores como a las escritoras la tipificación de literatura “femenina”, no es sino una reducción de un fenómeno que está teniendo notable éxito...
Méndez Vides
La bien o mal llamada novela “histórica”, cuyo calificativo tanto irrita a los autores como a las escritoras la tipificación de literatura “femenina”, no es sino una reducción de un fenómeno que está teniendo notable éxito en la actualidad en nuestro idioma, porque satisface una necesidad real de los lectores. El presente nos abruma con su negritud y desesperanza, mientras que el pasado nos tranquiliza, porque es seña de que existieron tiempos mejores, para algunos, o peores para otros, pero que siempre explica nuestro presente, establece las raíces, nos aclara la realidad y ubica en el mundo.
Los autores norteamericanos están más preocupados por escribir la novela contemporánea. Para su masa de lectores vive la preocupación cosmopolita de la identidad judía en Roth, lo impredecible de la vida cotidiana en Auster, el retrato de la familia media disfuncional en Ford, o el desencanto de la sociedad opulenta en Franzen.
Los franceses tienen de sobra escrita la historia de su país, conocen muy bien sus épocas de gloria e incluso les debe doler el presente de museo, porque les quedaron los beneficios sociales, pero se les esfumó el poder. Abundan los libros que narran sus años de peluca y Bastilla, las ocurrencias de los presos y bohemios, tanto en el discurso académico como en el de ficción; por eso ellos prefieren a los pensadores del hastío contemporáneo, a los antihéroes de la sociedad de la informática de Houellebecq o las crisis, el recelo y la culpabilidad de Modiano.
Los ingleses también tienen historia de sobra, y sus preocupaciones están más en línea con la experiencia multicultural que les legó el Imperio victoriano, andan escudriñando en los ritos como Chatwin, la transformación de los hindúes en monstruos según Rushdie, el humor irónico de seres aislados en Hornby o la fragilidad de la vida en Amis.
Mientras que en nuestro idioma lo que está floreciendo es la llamada novela “histórica”, porque a los españoles les levanta el ego recordar los tiempos de grandeza, como conquistadores de capa y espada. Una inmensa variedad de títulos aparecen año con año tras la saga comercial de Pérez-Reverte o el reposado refinamiento de Delibes. En Latinoamérica estas novelas suplen lo que se nos ocultó, son nuestra memoria, un medio para reorientar el destino. Sergio Ramírez novela al fotógrafo Castrillón de los tiempos de Darío, Giardinelli nos habla de inmigrantes del siglo XIX en su Santo Oficio; Fuentes, Aguilar Camín y Boullosa abrevan en la historia de México, Edwards nos regresa a los tiempos galantes en Chile, el colombiano Vallejo, con El Mensajero y Chapolas Negras nos recuerda los tiempos de los poetas, y en Guatemala destaca Pérez de Antón, con sus novelas de La Antigua en los tiempos de la Colonia, donde retrata los problemas sociales que nos determinaron. Seguramente tendremos novela histórica para rato, hasta que los lectores hayamos masticado el pasado tan bien que nuevamente podamos aproximarnos al presente sin agobiarnos.
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