Somos una sociedad enferma, y no queremos entenderlo.
Acisclo Valladares Molina
Los mataron como si se tratase de unos chuchos y sus asesinatos no tuvieron ni la más mínima importancia…
¿Qué importancia podrían tener en una Guatemala en que nada nos importa?
Hace un par de años, en San José Pinula, se produjo otro crimen similar. Dos pequeños niños se levantaron temprano en la mañana y se prepararon para ir al colegio. Cuando estuvieron listos entraron al cuarto en que supuestamente dormían sus padres y pretendieron despertarlos, pero no fue posible. El padre y la madre habían sido asesinados y estaban tirados en el suelo, empapados en su sangre…
Esta vez los asesinos mataron al padre, a la madre, al pequeño hijo de escasos diez años de edad y a la recién nacida. Uno a uno fueron asesinados, baleados cada uno, cada uno –además– con su tiro de gracia. Baleada, pero sobreviviente la pequeña Micaela, una pequeña de tres años de edad a quien los asesinos no le dieron el tiro de gracia, aunque, en cierto sentido, también la hayan matado.
Roni Elmer Orellana fue asesinado en 1961 y, entonces como hoy, nadie dijo nada. Tenía nueve años de edad en ese entonces. Aquella muerte, la muerte de aquel niño, fue el preludio de las muertes sucesivas, de todos los atropellos a la vida que se dieron en el conflicto armado interno y de todos los que se siguen dando en nuestros días.
Todavía los hay que no guardan remordimiento alguno por aquel crimen cometido y –es más– lo justifican. ¿Qué importancia podría tener la vida de un simple ser humano comparada con los más “altos” fines de la revolución armada?
Cada vez nos fuimos haciendo más indiferentes al dolor. ¿Qué diferencia existe, al fin de cuentas, entre que maten a uno o maten diez? Hombres, mujeres, niños.
¿Qué importancia podría tener la vida frente a los fines “supremos” del Estado?
Somos una sociedad enferma, patéticamente enferma. Nos importa un bledo el asesinato de los demás. Nuestras autoridades simplemente “se la pelan” como gráfica expresión de lo que somos. De aquello en que nos hemos convertido. Los grupos que siguen atados al pasado y a las monedas que reciben para mantenerlo vivo, son incapaces de elevar su voz contra los crímenes que ocurren día a día.
¿Dónde está la respuesta de nuestro pueblo ante la masacre de la familia asesinada? ¿En dónde está la autoridad?
Los asesinatos de las personas comunes y corrientes, las que son asesinadas todos los días, no califican ni siquiera como productos de exportación, puesto que, al parecer, solo resulta rentable la ideologización de la muerte y las víctimas normales no sirven para eso.
Por lo demás ¡sigamos adelante!
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