¿Hemos llegado al clímax de la representación o tenemos el Congreso más corrupto que haya habido?
Pablo Rodas Martini
Escuchando el Libre Encuentro del último domingo, que por cierto me ha parecido uno de los mejores por la sagacidad y el equilibrio entre los invitados, uno no podía sino tener reacciones divididas sobre el actual Congreso. ¿Tenemos la legislatura más democrática y representativa o la más cínica y corrupta? ¿Hemos llegado al clímax de la representación, donde varias fuerzas están obligadas a ponerse de acuerdo, o hemos llegado al fondo de la corrupción y estamos ante un Congreso de diputados constructores que obtienen jugosos sobresueldos a través del Programa de Apoyo Comunitario Urbano y Rural (PACUR)?
Por un lado se aprecia positivamente que el gobierno no disponga de una aplanadora con la que aplaste a la oposición y a través de la cual haga y deshaga con la legislación doméstica lo que se le antoje. Ese fue el patrón que predominó durante los gobiernos de la DC, del PAN y del FRG. Aprobaban las leyes como deseaban, no se escuchaba a la oposición, y solo se les consultaba si se requería modificar una ley con rango constitucional, para lo cual se exige los dos tercios de los votos, un número que ningún partido ha llegado a alcanzar.
Recordemos las noticias de esos 13 años de aplanadora (la DC gobernó por cinco años). Se leía que el gobierno ignoró a la oposición, que la bancada oficial solo levantaba la mano, que el Congreso no cumplía con su función de fiscalización, que el Congreso era un apéndice del Ejecutivo, que las interpelaciones eran una farsa pues no tenían chances de prosperar.
Ahora nos hemos ido al otro extremo. No tenemos aplanadora, pero tampoco tenemos un Congreso repartido en tres o cuatro fuerzas principales. Llegó más dividido y como consecuencia del transfugismo hasta terminamos con un Congreso arlequín que uno ya ni sabe cuántas bancadas tiene.
A este multipartidismo uno lo podría apreciar por su representatividad, que obliga a que las leyes no corran por el Congreso (algunas aún así han corrido), pues supuestamente habría que consensuar cada iniciativa. El Congreso tendría personalidad propia pues estaría colocado al mismo nivel que el Organismo Ejecutivo ya no solo en el papel sino también en la práctica. El Congreso estaría cumpliendo su labor de fiscalización y podría llegar en casos extremos a dar el voto de falta de confianza contra algún ministro de Estado. Se habría vuelto en el lugar por excelencia para debatir los temas nacionales y adonde los diferentes grupos de interés deberían ir a cabildear.
Sin embargo, ¿el párrafo anterior es una farsa y lo que prevalece es la compra-venta de leyes por los diputados? Sobre esto cualquier cosa que digamos los comentaristas externos será especulación. Los diputados tampoco van a soltar la lengua; a nivel público se criticarán hasta cierto punto… pero sin llegar al punto de lavar sus trapos asquerosos en público. El gobierno y en particular la Secretaría Ejecutiva de la Presidencia tampoco van a soltar prenda sobre el PACUR, pues saben que cualquier agravamiento del escándalo se los pasaría llevando.
¿Hemos llegado al punto de tener un Congreso donde la mayoría de diputados tienen o están cercanos a una empresa constructora? ¿No pasan leyes por el gobierno a menos que se “aceite” a los diputados? ¿La corrupción que ya prevalecía a nivel de corporaciones municipales, también aplica ahora con los diputados?
Estas interrogantes no se van a desentrañar a menos que la prensa nacional siga auscultando. Si ponen el mayor énfasis posible, alguien –algún diputado, algún funcionario, algún empleado de alguna constructora– terminarán por hablar y se podrá limpiar la suciedad.
Es vital que se investigue hasta el fondo el PACUR, no solo por sí mismo, sino porque tiene tremendas repercusiones para las próximas elecciones: ¿Debemos ir por un gobierno con mayoría clara en el Congreso, o debemos continuar con la división del voto a nivel presidencial y parlamentario? pablorodas@yahoo.com
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