Una distorsión del pensamiento bíblico ha debilitado nuestro pensamiento moral.
Rigoberto Juárez-Paz
Les decía el sábado pasado que “uno debe dejar algo bueno para la posteridad, aunque solo sean unos árboles de mango”. Tampoco importa mucho que solo dejemos un buen nombre o una obra perdurable. Como fuere, no se trata de una obligación ni moral ni legal. Solo es algo deseable, como hay tantas otras cosas deseables que en los últimos tiempos se han tornado “derechos”, al menos en declaraciones políticas nacionales e internacionales.
El concepto de derecho se ha estirado tanto que se habla de muchos “derechos” que no obligan a nadie y que por tanto no lo son: “el derecho” al trabajo, por ejemplo. En términos generales, si yo tengo un derecho cualquiera, debe haber una manera de determinar cuando se viola. Supongo que el reconocimiento de este hecho fue la causa principal de que, en su Constitución, los fundadores de los Estados Unidos de América ya no incluyeran el “derecho a la felicidad” que, con el derecho a la vida y la libertad, la Declaración de Independencia proclamaba ser los tres derechos fundamentales de los ciudadanos. En vez del “derecho” a la felicidad ahora se postula el “derecho a la propiedad” como el tercer derecho fundamental.
Como fuere, quien siembra árboles y estos no fructifican, hizo lo que debía hacer, o cumplió con su “obligación”, aun cuando no tuvo éxito, ya que nuestro sembrador no se limitó a tener el deseo o la intención de sembrar árboles para beneficio de los futuros dueños del terreno. Él hizo todo aquello que estaba dentro de sus posibilidades para “dejar algo bueno para la posteridad”. Exactamente en ello, y no en tener éxito, consiste el cumplimiento de cualesquiera de nuestras obligaciones morales. Ello de ninguna manera significa que nuestro deber es tener buenas intenciones. Nuestro deber moral siempre es realizar acciones, pero no estamos obligados ni a tener éxito ni a simplemente desear hacer, o tener la intención de hacer, aquello que consideramos es nuestro deber.
Considero que el asunto es de muchísima importancia. Quienes pertenecemos al mundo hispanoamericano tenemos una marcada propensión a pensar que basta con la intención. Ello se manifiesta en la vida pública como en la privada. Este es un asunto que me ha interesado señalar durante muchos años, ya que incide negativamente en muchos aspectos de la vida nacional. Según el lenguaje que he empleado en el pasado, nosotros somos intencionalistas.
Sospecho que nuestro pensamiento a este respecto se originó hace siglos en una mala interpretación del evangelio. Todos estamos de acuerdo en que el solo hecho de querer hacer el mal es malo, pero de ahí no se sigue que el solo hecho de querer hacer el bien es bueno. Una distorsión del pensamiento bíblico ha debilitado nuestro pensamiento moral y ha creado un ambiente propicio para la inercia moral y para que prosperen tiranías. El intencionalismo que he caracterizado explica la no muy santa alianza que a veces ha habido entre religiosos y revolucionarios.
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