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Opinión:

Al fin una generación de pensadores

Es la primera vez que brota en este país un grupo de jóvenes que se dan a la tarea de reflexionar.

Por: Mario Roberto Morales

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En medio del caótico flujo mediático que arrastra en sus turbulentas aguas las masacres en Medio Oriente, el retiro del poder de Fidel Castro y los reclamos de López Obrador en México, entre otros cortinajes de la teatralidad barroca con la que las potencias audiovisuales ponen en escena al mundo, en mi pequeño y horrendo país un grupo de jóvenes levantan la estafeta de la necesidad de inventar un interés nacional interclasista e interétnico, a fin de diseñar un proyecto económico de país que sirva de plataforma para un proyecto político a corto, mediano y largo plazo, tendente todo al forjamiento de una nación económica y políticamente autónoma, y también interculturalmente integrada de cara a la globalización corporativa.
La importancia de este hecho en un país como el mío –que fuera castrado en 1954, cuando despegaba hacia un capitalismo menos dependiente de la potencia imperial- tiene que ver con que absolutamente todos los debates que el desarrollo nacional reclamaba en los 50, fueron pospuestos hasta hoy día, cuando la academia bienpensante y carrerista, así como la cooperación internacional “políticamente correcta”, los cubren de velos multiculturalistas y de “acciones afirmativas” que no se plantean trascender la condición estructural de subalternidad que nos agobia.

Los jóvenes a los que me refiero se han dado a la tarea de pensar en su país, no solo conociendo las herramientas necesarias para semejante tarea, sino desmontando el sistema categorial neocolonizador con el que la academia extranjerizante pretende enseñarlos a pensarlo y a pensarse a sí mismos. En el plano estrictamente literario, estos jóvenes pensadores necesariamente envuelven sus ideas y propuestas en la forma –exigua en un medio en el que todos ambicionan ser poetas y narradores candidatos del Nobel– del ensayo, reivindicando así una forma de literatura que no suele apreciarse como tal en los exangües cenáculos locales. Cosa parecida ocurre con el periodismo como literatura ensayística, al que estos jóvenes se abocan para difundir sus ideas y plantear sus debates. El medio que les da cabida es la revista electrónica Albedrío (www.albedrio.org).

Cómo no celebrar el advenimiento de un grupo de intelectuales en pleno despegue y formación, cuyo eje principal de reflexión lo constituye un país –el suyo– que dejó de crecer en una fecha concreta (1954), y que ellos se sienten constreñidos a empujar con una decisión que, al menos yo, no miraba desde que en los 60, 70 y 80 peleamos desde fuera del sistema por transformarlo. Es la primera vez que en lugar de otra pretendida “nueva” generación de escritores que asumen con impresionante seguidismo la desgastada “tradición de la ruptura” con la generación anterior, brota en este país un grupo de jóvenes que se dan a la tarea de reflexionar con el objetivo de solucionar problemas concretos y no para que el desnutrido aparato de poder cultural mediático les dé páginas completas con su fotografía en pose de escritor “interesante”, “marginal” e “incomprendido” (por sus papás).

Este grupo de ensayistas se ha planteado contribuir al diseño de un proyecto económico y político de nación capaz de relacionarse de múltiples maneras negociadas con el corporativismo transnacional, para lo cual teorizan sobre el papel del Estado de cara a las propuestas neoliberales, enarbolando la idea del “interés nacional” interclasista e interétnico como eje de reflexión, entre otros asuntos que resultan medulares para replantear los debates actuales sobre la nación, arrebatándoselos de las garras a la cooperación internacional y a la academia puritana y conductista.

Invito a mis lectores a visitar Albedrío y a leer a estos jóvenes. Por sus temas los conocerán. Por mi parte, me apunto a los debates a los que están invitando, y desde ya les manifiesto mi disposición absoluta a la discusión crítica y libre de ideas y propuestas, sin el lastre de la pose académica ni el performance del autor “incomprendido”.
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