No creo que haya pueblos elegidos, sino pueblos con más o menos suerte.
Amable Sánchez Torres
Tan necias eran las vírgenes necias (Mt 25, 1-13) que, cuando llegó el novio para iniciar la boda, estaban dormidas y con sus lámparas apagadas. Según la costumbre del lugar y de la época, las vírgenes –en este caso diez: cinco de ellas necias y cinco prudentes– eran las amigas de la novia, formaban parte de su cortejo, y entraban con ella y con el novio al banquete nupcial. La novia tenía que esperar al novio y el novio podía llegar a cualquier hora del día o de la noche, incluso de manera intempestiva.
Son muy interesantes –utilizo la versión de Nácar-Colunga, BAC– los calificativos que se les dan a unas y a otras: necias y prudentes. Sobre el necio –del latín ne-scio, igual a insipiens, ignorante o tonto– hay mucho escrito en la Sagrada Escritura. “La vida del necio es peor que la muerte” (Eclo 22, 12). Y en 22, 7: “Como quien compone un cacharro roto es el que enseña a un necio”. Y en 22, 9: “Es hablar con un dormido el hablar con un necio, que al fin acabará por decir: ‘¿Qué pasa?’”. Y en 22, 14: “Con el necio no hables demasiado…” Y en 22, 16 y 17: “Apártate de él y tendrás descanso, y no tendrás que sufrir su necedad.
Que es más pesado que el plomo; y ¿cómo llamarle, sino necio?”.
El Diccionario de la lengua española, de la RAE, entiende por necio: 1. Ignorante. // 2. Imprudente o falto de razón. //3. Terco y porfiado en lo que hace o dice. Las observaciones, experiencias y conclusiones del hagiógrafo están perfectamente justificadas. Si trasladamos la cuestión de los individuos a los pueblos, el asunto no cambia sustancialmente. La diferencia es esta: los individuos tienen que responder por sí mismos; los pueblos solo pueden hacerlo a través de sus gobernantes. En este caso es en el Eclesiastés –otro libro sapiencial– donde se habla de la necedad, transferida al gobierno. “Un mal que he visto debajo del Sol es un desacierto que emana del soberano: es puesto el inepto en muchos cargos elevados y los aptos se sientan abajo” (Ecl 10, 5 y 6). Y en el mismo contexto: “Las palabras de la boca del sabio son graciosas (llenas de gracia); pero al necio sus labios le causan la ruina. El comienzo de su hablar es necedad, y su final es funesto desvarío. El necio multiplica las palabras…” (Ecl 10, 12-14).
No creo que haya pueblos elegidos, sino pueblos con más o menos suerte, con más o menos recursos, con o menos belleza, con mejores o peores gobernantes. ¿Será cierto eso de que cada pueblo tiene los gobernantes que merece? Tal vez lo sea. En cualquier caso, si Guatemala es llamada alguna vez al banquete de bodas (pienso únicamente en el aspecto económico), ¿estará despierta y con sus lámparas encendidas, como las vírgenes prudentes, o dormida y con sus lámparas apagadas, como las vírgenes necias?
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