El debate sobre las escuelas normales y los procesos de formación de maestros han cobrado vigencia en el país en las últimas semanas. En cuanto al tema en cuestión, deseo resaltar tres aspectos. En primer lugar, nuestro país ha hecho un esfuerzo extraordinario para ampliar la cobertura educativa y lograr que los niños y jóvenes permanezcan más tiempo en la escuela. Sin embargo, esto no sirve de mucho si su permanencia en el aula no se traduce en aprendizaje y en lograr que ellos adquieran los conocimientos y desarrollen las actitudes y destrezas requeridas para funcionar en el siglo XXI. Lamentablemente, existe un consenso amplio que la calidad de la educación no llena nuestras expectativas.
En segundo lugar, nuestros centros educativos enfrentan cada día mayores demandas. Esperamos que los establecimientos entreguen a un ciudadano distinto, caracterizado, entre otras cosas, por ser democrático, respetuoso del medio ambiente, tolerante, emprendedor, innovador, solidario, capaz de solucionar problemas, con dominio de las tecnologías modernas de la información y de la comunicación, con pensamiento crítico y capaz de aprender por sí mismo. Dada esta situación, la presión sobre los futuros maestros es inmensa. Exigimos que el educador contribuya a preparar a esas nuevas generaciones y que pueda, a la vez, adaptarse a ambientes y situaciones diversas, relacionadas con las escuelas rurales y multigrado, la pobreza en que viven un alto porcentaje de nuestra población y la educación bilingüe intercultural. Asimismo, pretendemos que la escuela desarrolle un proceso dinámico e innovador, que dé respuesta a las necesidades cambiantes y a las características múltiples de los alumnos.
Finalmente, debemos reconocer que el sistema educativo no da el soporte que los docentes requieren para cumplir su cometido. La carrera docente, en general, no logra atraer a los mejores aspirantes a maestros ni retenerlos, no contempla incentivos para favorecer el buen desempeño o reconocer condiciones especiales o adversas de trabajo y da un débil acompañamiento a los maestros en servicio.
Por consiguiente, no pretendamos que las cosas mejoren si seguimos usando las mismas estrategias. La situación de nuestras escuelas es el reflejo de un sistema que no camina y que no brinda a los maestros la preparación y la asistencia permanente para desarrollar su importante labor. Por ello, la formación inicial termina siendo crítica para que el maestro adquiera las herramientas que le permitan hacer un trabajo efectivo en el salón de clase. Busquemos mecanismos para fortalecer la preparación de los nuevos maestros. Lo único que no podemos hacer es no hacer nada. La escuela del futuro depende de las acciones que emprendamos ahora.
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