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Guatemala, miércoles 16 de agosto de 2006

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Opinión:

El nardo en la palabra (cxXXV)

Sin severidad y sin disciplina no hay formación posible.

Amable Sánchez Torresn

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
A quienes muestran un desmedido interés por conocer el interior de una casa pueden pasarles inadvertidos los detalles de la fachada y de la puerta. También sucede esto con los libros: empezamos por la contraportada, seguimos por las solapas, esculcamos el índice y obviamos la introducción o el preludio. A continuación viene la zambullida. ¿Qué esperan encontrar, por ejemplo, en el Satiricón, de Petronio, los que no lo han leído, pero han oído hablar de él? Sin pelos en la lengua, con un lenguaje bastante escabroso, provocador y escatológico, retrata la sociedad de su tiempo. Pero lo mejor –como la perla que nadie pensaría encontrar en el basurero– está en el principio: “¿Qué es lo que pasa, pues? Dignos de reconvención son los padres que no quieren que sus hijos saquen provecho mediante una norma severa. Pues lo primero, como todo, entregan a la ambición hasta sus propias esperanzas” (Satiricón, 4. Cátedra, Madrid 2003).
¿Es que no debemos ser ambiciosos? Naturalmente. Sin ambición no hay progreso. Pero ¿ambiciosos de qué? El Diccionario de la lengua española, de la RAE, entiende por ambición “deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. Como contraste, San Pablo hace una lista de los dones o ministerios a que pueden aspirar los cristianos: apóstoles, profetas, doctores, poder de hacer milagros…; la gracia de curación, de asistencia, de gobierno, de hablar en lenguas… (1 Cor 12, 27 y 28) Después dice: “Ambicionad los bienes mejores” (1 Corintios, 12, 31). Quizá la diferencia con el Satiricón no sea tan grande. En efecto, “en segundo término –prosigue Petronio– cuando se lanzan a cumplir con sus deseos, empujan al foro a las vocaciones todavía verdes, e inoculan a los niños recién nacidos la elocuencia, proclamando que no existe nada mayor que ella. Si aceptaran la existencia de grados en las tareas, como por ejemplo, que los jóvenes estudiosos se dieran un baño de lecturas severas, que armonizasen sus espíritus con los preceptos de la sabiduría…, que oyesen largo tiempo lo que quisiesen imitar…, entonces aquel gran arte de la palabra poseería el peso de su propia majestad”.

En todo caso, Petronio y San Pablo coinciden en esto: ambos hablan de severidad y de disciplina. Sin severidad y sin disciplina no hay formación posible. Que unos la necesiten en el foro, como dice Petronio, y otros en el estadio (1 Cor. 9, 24-26), como dice San Pablo, el hecho es que tanto una como la otra son imprescindibles en la vida. Quizá hoy más que nunca, en que la verdad se acicala con eufemismos y la educación se disfraza de complacencia. Todavía me duelen –y sigo estando muy agradecido– las nalgadas que me dieron mis padres. No creo que ninguna de ellas constituyera una falta de cariño ni una violación de mis derechos humanos.
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