Con médicos militares no se resuelve la situación.
Miguel Ángel Albizures
La crisis de los hospitales no es nada nuevo, el único hospital siempre bien equipado ha sido el de los militares; los públicos son eso, públicos, y por lo tanto malos, sin suficiente personal o personal subutilizado por falta de instrumental que permita una buena atención a los pacientes, sin medicamentos de calidad y en cantidades suficientes. Allí hasta las jeringas tienen que comprar los familiares de los pacientes y no digamos otra clase de medicamentos necesarios para calmar el dolor o prever infecciones. Antes de mejorar las condiciones hospitalarias y las condiciones generales del personal y de los enfermos, se levantan actas, se procede al despido, a desacreditar a las y los médicos y utilizar militares para intentar romper una justa protesta y olvidar las peticiones.
Los gobiernos están acostumbrados a reprimir, a incumplir acuerdos, a ver toda protesta social como medida desestabilizadora, como gana de joder al gobierno, y no como el uso de un derecho y una obligación ciudadana de velar porque los gobiernos cumplan su función y no se olviden de las necesidades de la población de menores ingresos, que se ve obligada a recurrir al servicio que, constitucionalmente, el Estado tiene obligación de garantizar. Vergüenza le debería dar a quienes gobiernan, es decir al sector económico en el poder, que no es capaz ni siquiera de surtir a los hospitales y se pone a jugar con la vida de las personas que requieren atención. De los militares en el poder no podíamos más que esperar represión y olvido de servicios esenciales del Estado, pero de los “clasemedieros” como el gobierno de Cerezo se esperaba más y no lo hizo, y por necesidad y torpeza de una izquierda que no ha jugado el papel que le corresponde por sus rebatiñas internas, se le impusieron a la población los gobiernos de la burguesía oligárquica y de los nuevos ricos que han hecho del erario parte de su botín.
Con médicos militares no se resuelve la situación, se agudiza, pues se trata de un mal crónico que pasa por la inversión social, por un cambio total en la estructura hospitalaria pública, por la voluntad política de servir y de atender las necesidades de la gente de menores ingresos, por una política de salud que descarte totalmente la privatización de los hospitales y por el fortalecimiento de todos los centros de salud municipales que se encuentran en total abandono. Las protestas de los médicos y las doctoras deben ser escuchadas, no reprimidas. Deben ser atendidas, no deslegitimadas, ni mucho menos sentarse en las bayonetas, que sirven un tiempo pero no solucionan nada, porque jamás han servido para curar las enfermedades del pueblo sino para provocarlas.
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